Sabina y el arte de doler cantando

04.05.2025

Hola y adiós · Tenerife 

Hay conciertos que no son solo música.

Hay noches que no se olvidan porque te atraviesan como una vieja canción: la conoces de memoria, pero por fin la entiendes.

Desde que llegamos al intercambiador ya se notaba algo distinto.
Una riada de gente avanzaba hacia el recinto ferial: mayores, jóvenes, parejas, grupos de amigos. Una mezcla bonita.

Algunos venían de largo recorrido.
Otros, como nosotros, caminaban en silencio, con algo apretando en el pecho.

Y entonces apareció un detalle inesperado.

Chicas y chicos vestidos con sus trajes de mago salían del concierto directos a la romería de Tegueste.
Sabina y la fiesta popular compartiendo noche.
La poesía urbana mezclada con el folclore de una isla que sabe celebrar incluso la melancolía.

La noche que Sabina nos cantó la vida.

Sabina salió al escenario con un rugido:

Supervivientes, maldita sea.

Y con esa frase nos sacó a todos del asiento interior.
No había concesiones.

La escenografía era una prolongación de su alma.
Colores rojos, rostros proyectados, dibujos y pinturas firmadas por él mismo.
Una cara con una lágrima.
Un bombín sobre fondo de taberna.

La nostalgia no pesaba. Acompañaba.

Fue hermoso ver cómo el público se transformaba.
Al principio, caras serias, móviles en la mano, conversaciones bajas.
Pero bastó una estrofa, una mirada desde el taburete, para que todo cambiara.

Las pantallas se apagaron.
Las sonrisas brotaron.
La gente, aunque sentada, se puso de pie por dentro.

Se notaba en el aire.

Fue emocionante ver cómo le dedicaba la primera canción a una joven del público.
Y cómo, al cerrar con Princesa, nos recordó que no canta para la memoria.
Canta para que la vida no se nos olvide.

Joaquín Sabina no quiso fingir juventud.
Quiso cantar con dignidad.
Con esa voz rota, ese gesto torcido, esa elegancia de quien ha amado sin red y ha vivido sin pedir permiso.

Yo, que he sido muchas veces ese hombre del traje gris, no pude evitar emocionarme.
Porque Sabina ha sido espejo, refugio y empujón.

Y esa noche entendí algo más.
No era una despedida.
Era una bienvenida.

A la belleza que aún existe.
A la palabra que todavía nos nombra.
A la vida que, aunque duela, sigue siendo nuestra.

Gracias, Joaquín.
Gracias, vida.
Una como quinientas veces.

Tenerife, mayo de 2025
José Moreno Robledillo


Este texto forma parte de En Voz Baja, un espacio para pensar sin ruido.