Una aclaración necesaria
He leído testimonios de personas que describen un sufrimiento que no admite relativizaciones. Hambre, miedo, humillación, violencia institucional. Nada de eso puede ponerse en duda ni explicarse desde la comodidad.
Pero también he visto cómo ese dolor se utiliza, se selecciona o se ignora según convenga. A veces no importa la gente que sufre, sino a quién sirve su sufrimiento en la batalla política de turno.
Entender ese dolor no obliga, sin embargo, a renunciar a pensar el contexto más amplio. Analizar intereses geopolíticos no es justificar dictaduras ni borrar responsabilidades internas. Tampoco es aceptar que el sufrimiento ajeno se use para ajustar cuentas propias.
Los dramas colectivos tienen muchas capas. Negar una para defender otra no ayuda a quienes lo han sufrido en su propia piel. Y convertir a las víctimas en argumento solo añade una injusticia más.
Escuchar a las víctimas es una obligación moral.
Pensar el poder, también.