🪟 IV Ventana · Ginebra
En Ginebra no abrí una ventana: abrí un balcón al mundo.
No era casualidad que aquellos primeros turistas que vi en Vall-llobrega fueran suizos.
Años antes, España había firmado acuerdos de trabajo con Suiza y miles de familias cruzaban la frontera buscando lo mismo: un hueco, un salario, un futuro.
Quizá aquel fue el primer hilo invisible que unió mi pueblo con Ginebra.
Con diecisiete años recién cumplidos crucé la frontera con una maleta ligera, una carta de trabajo y demasiadas preguntas.
La dueña del restaurante El Català había solicitado esa carta. Con ella y el pasaporte podía trabajar en Suiza porque una empresa me reclamaba. Viajé en tren junto a ella, sin saber aún que aquellas páginas dobladas en su bolso serían mi salvoconducto al mundo.
Por las noches fregaba platos como freganchín en la cocina del restaurante.
Por las mañanas trabajaba en la restauración de una casa de los dueños.
En la obra me esperaba Josep Soldad, albañil. Mi compañero. Mi maestro.
Él me enseñó el oficio y me cuidó. Fue como si alguien me dijera, sin palabras: mira, también hay sitio para ti.
Llegué pequeño. Llegué obediente. Llegué con la sensación de estar de más.
En Ginebra estuve apenas dos años. A los diecinueve tuve que regresar: me retiraban el pasaporte y llegaba la llamada a filas.
Pero aquel tiempo dejó una marca que no se cerró con el regreso.
Por eso esta ventana abarca más que mi estancia real. Recorre los años entre 1973 y 1978, cuando la adolescencia se convirtió en desarraigo, soledad y búsqueda.
En Ginebra no abrí una ventana.
Abrí un balcón al mundo.
Entre trabajos duros, domingos interminables y cartas que tardaban semanas, descubrí la solidaridad de otros emigrantes, la dignidad obrera y algo más profundo: la libertad.
Cuando regresé a España no volví siendo el mismo.
Volví viajado.
Y en un país donde casi nadie viajaba si no era por necesidad, yo no me sentí emigrante.
Me sentí libre.
Ginebra · memorias y aprendizajes
Este espacio reúne textos escritos desde distintos momentos y emociones.
Algunos nacen del recuerdo. Otros, del presente.
Todos parten del mismo lugar: Ginebra.
Contexto histórico · Ginebra · 1973–1978
Llegué a Ginebra con 17 años. Cruzar los Pirineos en aquel momento no era un viaje. Era pasar de un mundo a otro. De la España del franquismo a una democracia europea estable. Del jornal en pesetas al sueldo en francos suizos. De lo conocido a todo lo desconocido.
230.000 españoles en Suiza
No era el único. A comienzos de los años setenta, alrededor de 230.000 españoles vivían en Suiza. Uno de los grupos de emigrantes más numerosos del país. Trabajábamos en la construcción, la hostelería, la industria, los servicios. Hacíamos los trabajos que el país necesitaba y que sus ciudadanos ya no querían hacer.
Los salarios suizos multiplicaban varias veces lo que se ganaba en España. Para muchas familias en la Península, el dinero enviado desde Suiza fue lo que permitió comprar una casa, abrir un pequeño negocio o simplemente salir adelante con más dignidad. Yo mandaba dinero a casa. Como hacían todos. No era un gesto generoso. Era lo que se hacía.
Españoles en Suiza (inicio años 70) → ~230.000
El francés como llave
En Ginebra se hablaba francés. Llegar sin saber el idioma era llegar con las manos vacías. Aprendí sobre la marcha, como se aprende cuando no hay otra opción. En el trabajo, en la calle, con los compañeros, con los vecinos.
El idioma no era solo comunicación. Era integración. Cuanto más francés sabías, más puertas se abrían. Lo aprendí deprisa porque no me quedaba más remedio.
Ver la democracia desde dentro
Entre 1973 y 1978 viví desde Ginebra algunos de los momentos más importantes de la historia española reciente. La muerte de Franco en 1975. La Transición. Las primeras elecciones democráticas. La Constitución de 1978.
Lo viví desde lejos. Pero lo viví de otra manera: comparando. Porque en Suiza la democracia no era un debate. Era la vida cotidiana. Los sindicatos, la libertad de prensa, la participación ciudadana. Ver eso desde dentro te cambia. No puedes volver a pensar igual.
Muerte de Franco → 1975
Primeras elecciones democráticas → 1977
Constitución española → 1978
Por qué cuento todo esto
Porque marcharse a los 17 años no fue una aventura. Fue la consecuencia lógica de lo que había antes: Huesa, Vall-llobregà, Cornellà, la crisis del petróleo, la falta de opciones.
Y porque lo que aprendí en Ginebra —el idioma, la democracia, la disciplina, el contacto con otros mundos— formó la persona que soy hoy. El hombre que ahora, desde El Médano, mira hacia atrás y escribe.
Esperanza de vida en Suiza (años 70) → superior a 74 años
Colección · Ventanas de Luz
Una vida en movimiento
Crónicas de memoria, raíces y lugares que nos sostienen.
