Cuando la estrategia se vuelve espejo
Feijóo, Abascal y el riesgo de fortalecer lo que se quiere debilitar
Nota del autor
Escribo desde la distancia de los años. Desde esta atalaya del tiempo, los movimientos del tablero político no se ven solo como jugadas, sino como gestos humanos: el deseo de vencer, el miedo a perder, la dignidad que no se negocia.
Lo que ocurre hoy entre Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal no es nuevo. Lo hemos visto antes en nuestra historia política. Y, si somos honestos, también en el mundo empresarial.
Muchas veces estamos más pendientes de la competencia que de nosotros mismos. Y en ese desplazamiento de foco empieza el error.
Este texto no busca señalar culpables. Invita a observar un mecanismo: qué ocurre cuando la energía que lanzamos para herir termina alimentando aquello que no queríamos fortalecer.
El cálculo y el eco
El Partido Popular impulsó una cascada de elecciones autonómicas con un objetivo claro: dificultar la acción del Gobierno central y reforzar su posición como alternativa nacional. El cálculo asumía un coste propio, pero estaba centrado en el desgaste del adversario.
En ese diseño, Vox no era la variable principal. Era una pieza más en un tablero que creían controlar.
Pero todo movimiento estratégico genera efectos no previstos.
En Extremadura, Vox obtuvo once escaños y pasó a ser determinante para la investidura.
En Aragón, duplicó su representación, pasando de siete a catorce diputados.
Lo que parecía una jugada para debilitar al PSOE terminó reconfigurando el espacio político a la derecha.
El mapa cambió. Y con él, la ecuación.
En la empresa ocurre algo parecido. Cuando toda la estrategia se diseña para erosionar al competidor, a veces se termina fortaleciendo a un tercero que crece en silencio.
La dignidad que no se subestima
El 24 de febrero de 2026, Abascal expresó su malestar por el marco de negociación planteado por el PP, dando a entender que se les trataba como interlocutores secundarios.
Más allá de la frase concreta, lo relevante es el síntoma.
Quien se siente tratado con desdén reacciona desde la dignidad. Y cuando la aritmética lo respalda, esa dignidad deja de ser simbólica para convertirse en poder real.
No se trata de tener razón.
Se trata de entender un mecanismo político y humano:
La energía lanzada para herir suele terminar nutriendo lo que no se quería alimentar.
Subestimar al otro, incluso en el juego estratégico, tiene un precio.
No siempre inmediato. Pero real.
Cuando la emoción dirige la estrategia
Feijóo buscaba consolidar al PP como alternativa sólida de gobierno. Pero a veces el rumbo se tuerce no por falta de habilidad, sino por exceso de enfoque en el adversario.
Cuando toda la mirada se dirige hacia quien se quiere vencer, se deja de ver lo que crece al lado.
No es una acusación. Es una observación.
La he visto repetirse en empresas que viven obsesionadas con el competidor y descuidan su propia propuesta de valor. En equipos que reaccionan más de lo que construyen. En proyectos que se debilitan por mirar demasiado hacia fuera.
La política, al final, es vida condensada.
Y la vida no perdona los espejos rotos.
La pregunta que queda
Lo que ocurre hoy en la derecha española no es un caso aislado. Es un reflejo.
¿Cuántas veces hemos querido debilitar a alguien y hemos fortalecido otra cosa?
¿Cuántas veces hemos mirado al adversario sin ver lo que crecía a nuestro lado?
No hay respuesta única.
Hay espejos.
Y si nos atrevemos a mirarlos sin ruido, quizá aprendamos algo antes de la siguiente jugada.
— José
— en voz baja
Reflexionar antes de reaccionar también es una estrategia.