Cuando más del 60 % se queda en casa

02.02.2026

Abstención récord, ruido político y una pregunta incómoda: qué pasa cuando una mayoría decide no participar.

Después de escribir El día que nos robaron el sosiego, no puedo dejar de hacerme una pregunta sencilla.

¿Qué pensará la gente que se quedó en casa?
Más del 62 % de los extremeños llamados a votar el 21 de diciembre de 2025 decidieron no hacerlo. Fue la abstención más alta de la historia democrática de la región.

Tal vez hoy se pregunten para qué había que ir a votar si, al final, lo que parecía importar de verdad no era Extremadura, sino dejar ciego a Pedro Sánchez, aunque de paso uno se quede tuerto.

No soy estratega político. No juego a largo plazo.
Pero desde fuera se ve algo claro: al pueblo llano de Extremadura le esperan, probablemente, más años de lo mismo. Marginalidad tranquila, silenciosa, sin titulares.

Mientras los focos iluminaban un supuesto fraude de 124 votos —que reaparecieron el día de las urnas—, quedaban a oscuras las causas profundas del desencanto: la sensación de que, voten o no voten, esta tierra seguirá siendo tratada como variable de ajuste en estrategias nacionales.

Todo el ruido, el escándalo, el fuego cruzado, las batallas verbales… ¿para qué?
Para que el resultado real, el que importa en Madrid, sea que Vox refuerza su influencia y que Alberto Núñez Feijóo consolida un relato con apenas un puñado de escaños en un Congreso de 350. Poco o casi nada en términos de gobierno efectivo, pero suficiente para alimentar el circo mediático.

¿De verdad merecía la pena tanto ruido por eso?
¿De verdad era necesario este incendio para ver al vecino ciego?

Porque mientras discutimos quién perdió y quién ganó en titulares, el problema de la democracia sigue vestido de verde.
Y no es una metáfora: es una realidad parlamentaria. Es la capitalización política del desencanto sin un proyecto que responda a la marginalidad estructural.

Ese incendio no quema edificios, pero calcina el suelo mínimo del consenso necesario para gobernar territorios olvidados.

Quizá por eso tantos decidieron no ir.
No por desinterés, sino por un cansancio acumulado tras décadas de promesas que nunca llegaron a los pueblos que se vacían. Extremadura conoce bien esa sensación: casi el 85 % de sus municipios pierden población y uno de cada cuatro habitantes vive en riesgo de pobreza.

El verdadero robo del sosiego no fue el de unos sobres en una oficina de Correos, sino el de la esperanza cotidiana.

Y la paradoja se hace visible poco después: siete millones de euros gastados en unas elecciones anticipadas, convocadas para desbloquear una situación política, y el resultado es un escenario aún más fragmentado. Mientras en Madrid las negociaciones se alargan sin horizonte claro, aquí seguimos esperando que alguien mire hacia Extremadura sin usarla como moneda de cambio.

El coste material ya lo conocemos.
El coste moral, aún no lo hemos contabilizado.

Yo no comparto la decisión de quedarse en casa.
Para mí, votar no es una opción secundaria. Es lo único que nos iguala de verdad. El voto del jornalero extremeño vale exactamente lo mismo que el del banquero madrileño. Y renunciar a eso, aunque se entienda el cansancio —y yo lo entiendo, nacido en una España donde el voto no era libre—, siempre deja un hueco peligroso.

Un hueco que otros llenarán por nosotros.

Y eso, en voz baja, también debería preocuparnos.

Este texto dialoga con «El día que nos robaron… el sosiego», publicado previamente en En Voz Baja.

— José

—en voz baja