Después del trabajo
El trabajo puede terminar en un papel. La identidad tarda más en recolocarse.
No es fácil jubilarse cuando el trabajo ha sido tu identidad.
Durante años medimos nuestra utilidad por decisiones, equipos, llamadas, responsabilidades. Cuando eso termina, no solo se cierra una etapa profesional. Se abre una pregunta personal: ¿quién soy ahora?
Yo me prejubilé en 2019. Creí que había cerrado el ciclo. No era verdad. Durante un tiempo seguí trabajando como asesor, acepté proyectos, llené la agenda y también, para qué negarlo, llené el depósito de ego.

Hasta que un día me vi repitiendo el patrón: demasiada responsabilidad, demasiada urgencia, demasiada necesidad de ser consultado.
Entendí que jubilarse no es dejar de trabajar. Es dejar de necesitar el trabajo para sentirse alguien.
No fue la prejubilación lo que cambió mi vida. Fue el día que decidí no volver a empezar.
Hoy mi utilidad es otra. Escribir. Pensar. Conversar. Dejar algo a mis hijos que no sea solo un historial profesional, sino un padre reconocible.
Hace unos días mi hijo me enseñó una errata en un post. No vi una falta. Vi que me estaba leyendo. Sentí orgullo, alivio y paz. Ninguna vergüenza.
Ahí entendí que el valor no está en seguir mandando. Está en seguir siendo.
No echo de menos el cargo. Echo de menos, a veces, la consulta. Y eso me recuerda que el ego nunca se jubila del todo.
No hablo solo de mí. Hablo de esa dificultad silenciosa que muchos hombres de mi generación sentimos cuando el centro deja de estar en nosotros.
Jubilarse no es desaparecer.
Es respirar distinto.
— José
— en voz baja