El jefe del mundo repartiendo cargos

20.01.2026

Martes, 20 de enero de 2026

No se trata solo de una persona, sino de una manera de ejercer el poder: como un reparto a la vista de todos.


Hoy, en España, seguimos con el ánimo encogido por la tragedia ferroviaria.

El dolor de las víctimas y de sus familias merece todo el respeto, toda la atención y todo el silencio necesario.

Hay días en los que acompañar es más importante que opinar.

Precisamente por eso, cuesta no señalar algunas noticias que, sin hacer ruido, están marcando el rumbo del mundo y que hoy pasan casi desapercibidas.

No por falta de gravedad, sino porque nos estamos acostumbrando a convivir con ellas.

Esta mañana leíamos que Rusia ha vuelto a atacar infraestructuras energéticas en Ucrania, dejando a miles de personas sin luz, en pleno invierno, con temperaturas extremas.

Al mismo tiempo, conocíamos que Estados Unidos ha dado un nuevo golpe al sistema multilateral, debilitando aún más el papel de la ONU.

Y en ese contexto aparece una escena que lo resume todo.

Que el presidente de Estados Unidos ofrezca a Vladímir Putin un puesto en una supuesta "Junta de la Paz" encargada de gobernar Gaza no es solo una maniobra diplomática discutible.

Es una imagen profundamente reveladora de cómo se está entendiendo hoy el poder global.

La escena es casi doméstica: el jefe del mundo repartiendo cargos como si fuera el presidente de una comunidad de vecinos.

Decide quién entra en la junta.
Quién se sienta a la mesa.
Quién representa a quién.

Sin mediación real.
Sin legitimidad compartida.
Sin reglas claras.

Todo depende de la voluntad de quien convoca.

No se trata solo de Putin.

Se trata del gesto.

Invitar a un dirigente implicado en una guerra abierta, señalado por vulnerar el derecho internacional, a formar parte de un órgano que se presenta como garante de la paz dice mucho más del modelo que se está imponiendo que de la persona invitada.

Cuando el símbolo ocupa todo el espacio, la política se convierte en relato y el análisis queda relegado a un segundo plano.

El relato sustituye al derecho.

La escenografía tapa la ausencia de un marco común.

Y las instituciones multilaterales, empezando por la ONU, quedan relegadas a un segundo plano, como si estorbaran en un mundo donde las decisiones se toman por afinidad, interés o cálculo personal.

No estamos ante una solución para Gaza.

Estamos ante una confirmación.

El poder ya no se ejerce desde reglas compartidas, sino desde posiciones de fuerza.

El que manda convoca.
El que convoca reparte.
Y el resto observa, duda o se adapta.

Este episodio encaja demasiado bien con una idea que atraviesa este espacio desde hace tiempo: vivimos en un mundo que ya no juega limpio.

Un mundo donde los árbitros sobran, las normas se vuelven flexibles y la paz se administra como si fuera un cargo más.

Cuando el gobierno del mundo se parece a una junta improvisada, no estamos más cerca de la estabilidad.

A veces, para entender estos gestos de poder, hace falta volver a lo vivido, a la experiencia que no se aprende en titulares ni en ruedas de prensa.

Estamos más cerca de la arbitrariedad.

Este texto forma parte del espacio Geopolítica y poder global, donde intento mirar el poder más allá del ruido, los gestos y los relatos tranquilizadores.

— José
En Voz Baja