Aragón: elegir entre ser o imitar. Reflexión antes del 9-F (II)
Segunda y última parte de la reflexión desde Canarias sobre las elecciones en Aragón y el espejo de la España rural. Aquí el foco se desplaza del territorio al voto, en un contexto de despoblación y dilemas mal planteados..
El problema no es solo a quién se vota, sino desde dónde se piensa el voto.
Sistema electoral del Congreso de los Diputados.
Los escaños se reparten por provincias. Zaragoza y Teruel eligen un número distinto de diputados. Y, sin embargo, el voto suele emitirse en clave nacional..
El 9-F no se decide Madrid. Se decide Aragón.
Aragón: elegir entre ser o imitar (II)
Las raíces, el voto y el espejo
3. Las fuerzas con raíces: la paradoja cruel
No idealicemos. Los partidos con raíces propiamente aragonesas no son salvadores. Son imperfectos, limitados y, a veces, contradictorios. Pero tienen algo que los partidos estatales no pueden fabricar: hablan de aquí porque viven aquí.
No bajan de Madrid para hacer campaña. Desayunan en el bar de su pueblo antes de ir a trabajar. Defienden una agencia pública del agua, una Hacienda propia, la escuela rural como eje vertebrador. Su discurso no gira en torno a la "unidad de España", sino al tren que no llega a Canfranc desde hace quince años.
La paradoja es cruel: quienes más hablan de Aragón suelen ser quienes menos votos obtienen.
¿Por qué? Porque el voto aragonés se ha convertido en moneda de cambio para resolver conflictos en Madrid. El adelanto electoral no se decidió por los doscientos nueve pueblos de menos de cien habitantes, sino para debilitar equilibrios en la Moncloa.
Y los aragoneses lo saben. Por eso muchos callarán el 9-F. No por apatía, sino por dignidad herida. Porque cuando tu voto sirve para resolver guerras ajenas, votar deja de sentirse como un derecho y empieza a parecer una traición a uno mismo.
4. El voto como acto de resistencia (no de resignación)
Votar no es elegir al "menos malo".
Votar es decir: "Aquí estoy. Este es mi pueblo. Esto es lo que quiero".
Si una fuerza obtiene la llave de gobierno, que gobierne. No por ideología, sino por respeto al voto. Los cordones sanitarios no protegen la democracia: la vacían de sentido.
Cuando se excluye a fuerzas después de las urnas, no se margina solo a un partido. Se margina a Fermín, que votó porque nadie había nombrado su pueblo en veinte años; a Mariano, el panadero que cerró su horno por falta de relevo; a Pilar, que aún cría ovejas a los setenta mientras el médico viene un martes al mes.
El mensaje implícito es claro: "Tu voto no cuenta porque no votaste como debías".
La verdadera defensa democrática no es excluir, sino vigilar, fiscalizar y debatir con argumentos. El cordón sanitario no es una barrera protectora: es una incubadora de resentimiento. Porque cuando el voto se neutraliza en un despacho, la próxima vez no habrá voto: habrá silencio. Y el silencio, en democracia, es una muerte lenta.
Cierre final: el espejo que aún no se ha roto
Extremadura fue el espejo roto: más del 60 % de abstención no fue apatía, sino el síntoma de una herida democrática.
Aragón todavía puede elegir otro camino. No desde la ilusión, sino desde la claridad. No somos una sucursal de Madrid ni un laboratorio para mayorías nacionales. Somos el agua del Ebro, la lengua de Bielsa, el tren que no llega a Canfranc.
El 9 de febrero no se decide solo entre izquierda y derecha. Se decide entre ser o imitar. Entre votar desde el arraigo o desde el enfado. Entre exigir que se nos escuche o aceptar que otros decidan por nosotros.
Y si nadie ofrece ese modelo, el silencio puede convertirse en una alarma democrática. No como apatía, sino como advertencia.
Aragón aún está a tiempo de recomponer el espejo. Con menos ruido, con más raíces y con una pregunta sencilla que no se responde en Madrid, sino en cada pueblo que todavía resiste.
Lee la primera parte aquí: El mapa engorda, el alma se desangra
— José
— en voz baja
