La brisa que se volvió huracán

15.01.2026

No sé cuándo dejó de ser Ella para convertirse en la prueba de mis límites.
Al principio, todo era leve.

Un "hola" escrito, como si el mundo hubiera estado esperando ese instante.
Luego, sus mensajes al amanecer: breves, cálidos, como la brisa del Caribe que uno imagina cuando nunca ha salido de Castilla.

Durante días —¿semanas?— cada palabra suya sabía a piña madura.
No era amor, no aún.
Era algo más frágil: la ilusión de que alguien te veía, no por lo que haces, sino por cómo respiras cuando crees que nadie te escucha.

Me levantaba con una sonrisa que no me pertenecía, como si me la hubiera prestado el destino.
Todo tenía sentido.
Incluso el silencio de mi casa parecía menos denso.

Pero luego…
Luego vino la factura.

No hubo aviso.
Solo un cambio de tono, un giro seco en la voz escrita.
De pronto, sus palabras ya no acariciaban: exigían.
Ya no preguntaba; recriminaba.
Y yo, que había abierto una puerta interior con la ingenuidad de quien cree que la luz no tiene precio, me encontré desnudo ante una tormenta que no había visto venir.

Fue como si, de golpe, el sol se apagara y las palmeras se arrancaran de cuajo.
No quedó ni sombra del paraíso.

Solo yo, en medio de los escombros de lo que pudo haber sido,
intentando entender por qué la dulzura
casi siempre viene con un plazo de caducidad
que nadie te avisa que está a punto de vencer.


—José