Venezuela
Domingo, 4 de enero de 2026
En Voz Baja
Reflexión hipotética escrita desde la preocupación por los relatos que normalizan la invasión como justicia.
Hoy, 4 de enero de 2026, Venezuela sigue siendo soberana.
Hoy no es un día cualquiera. Para muchos españoles, este domingo es la antesala de la Cabalgata de Reyes en La Laguna. El martes llegará el día mágico por excelencia. Un buen libro, una manta, el silencio cómplice de una tarde de invierno… eso es lo que debería ocupar mi cabeza.
Pero no.
Hoy no puedo dejar de pensar en algo que, insisto, no ha ocurrido. Imaginen por un instante que Estados Unidos ha intervenido militarmente en Venezuela. Que las imágenes muestran a Nicolás Maduro detenido. Que en Caracas, Madrid o Santa Cruz de Tenerife se escuchan gritos de júbilo. Que alguien proclama que "por fin cayó el dictador".
Y detrás de todo, como en tantas películas previsibles, aparece Donald Trump. No como soldado, sino como narrador del nuevo orden. Decide quién habla, quién sobra y quién gestiona ahora los recursos. El mensaje no necesita subtítulos: el país puede seguir igual, pero los pozos cambian de manos.
El aviso se extiende por América Latina. Petróleo, tierras raras, intereses estratégicos. El resto es decorado.
En España, algunos fantasearon por un momento con escenarios similares. Pero aquí no hay petróleo. Ni tierras raras. Solo gente cansada, confundida, a veces demasiado ruidosa. Y eso no cotiza.
Desde mi butaca, mirando estas imágenes que no existen, me hago una pregunta incómoda:
¿cuándo dejamos de ver personas para empezar a ver solo banderas y recursos?
¿En qué momento la caída de un dictador, por muy aborrecible que sea, se convierte en espectáculo sin preguntarnos quién escribe el guion y quién paga la factura?
La verdadera justicia no llega con helicópteros.
Llega con instituciones, memoria, verdad y reparación.
Y mientras tanto, aquí seguimos.
Con nuestras mantas.
Nuestros libros.
Y nuestros Reyes Magos, que al menos aún traen ilusión sin invasiones.
— José
En Voz Baja
Anexo · Las preguntas que nadie hizo
Mientras se retransmitía la rueda de prensa de Donald Trump, nadie preguntó por los muertos.
Tampoco por los heridos.
Ni por las personas que pudieron perder sus casas, sus bienes o su seguridad con la intervención militar.
Mientras se celebraba la operación como un éxito político y estratégico, no se escucharon preguntas sobre los llamados "daños colaterales". Como si no existieran. Como si no merecieran ser contados.
En las cartas públicas que hemos leído estos días, tanto de María Corina Machado como de los principales partidos políticos en España, la ausencia se repite.
Se habla de justicia, de libertad, de democracia, de historia.
Pero no se menciona a los muertos.
No se habla de los heridos.
No se pregunta por las familias afectadas.
No es un reproche ideológico. Es una constatación.
Cuando en el relato político desaparecen las personas concretas, la justicia corre el riesgo de convertirse en una palabra hueca.
Y cuando nadie pregunta por el coste humano, la celebración se vuelve inquietante.
Tal vez la pregunta incómoda no sea quién gana o quién pierde el poder,
sino quién paga el precio mientras otros escriben el relato.
