Una tarta que explica mejor el sistema que muchos discursos

De esas conversaciones salió una idea sencilla: cuando un partido entra en el Congreso, deja de estar fuera del sistema.
Estos días he visitado pueblos y he hablado con gente que piensa distinto a mí.
Sin prensa, sin redes. Desconexión casi total.
Pero en los bares, entre cafés y tostadas, las conversaciones salen solas.
Y en ellas se repite algo incómodo: la idea de que quienes más critican son los puros, que están fuera del sistema, que no forman parte de "la casta".
Mientras tanto, comen de la misma tarta que el resto del arco parlamentario.
Eso me hizo callar y escuchar.
Hoy me encuentro un artículo en La Vanguardia sobre financiación pública y representación parlamentaria.
Lo traigo aquí sin aspavientos. Que cada cual saque sus conclusiones.
Más de 52,7 millones de euros públicos para el funcionamiento ordinario de los partidos con escaños en el Congreso.
El reparto obedece a la ley: aproximadamente 60 % por escaños y 40 % por votos. Proporcionalidad parlamentaria y respaldo ciudadano. Nada oculto.
Pero conviene aclarar algo que casi nunca se dice:
no es dinero "para gobernar".
Es dinero para existir como organización política.
Para sedes, personal, asesorías, funcionamiento interno, campañas permanentes. Para mantenerse.
Y esa tarta visible es solo la parte más conocida: sumando subvenciones electorales y otros conceptos, la financiación pública anual supera con holgura los 100 millones de euros, incluso sin elecciones de por medio.
Cuando se ve el reparto, cae un mito repetido hasta la saciedad.
Los partidos que se presentan como antisistema, contra "la casta" o contra el régimen, al entrar en el Congreso acceden al mismo sistema de financiación que los demás.
No cobran lo mismo, porque depende de su peso parlamentario.
Pero cobran con las mismas reglas.
No es una acusación moral.
Es un hecho estructural.
El sistema no distingue entre "buenos" y "malos".
Distingue entre representación y no representación.
Vox, pese a su discurso crítico con las subvenciones, recibió 6,15 millones de euros en 2026.
Podemos, que en sus inicios se financió mayoritariamente mediante micromecenazgo, hoy depende del sistema público como el resto de fuerzas con escaños.
No es hipocresía individual.
Es la lógica del sistema.
Esta imagen rompe relatos simplistas.
Muestra que nadie rechaza el dinero público cuando llega.
Evidencia que el "sistema" no se combate desde el escaño: se administra.
Y, sin embargo, apenas se comenta.
¿Por qué?
Porque quiebra el guion cómodo: derecha corrupta frente a izquierda pura, sistema frente a antisistema, casta frente a pueblo.
La tarta no entiende de consignas.
El debate serio nunca fue "quién cobra". Eso es proporcional y transparente.
El debate real es otro:
¿qué control ciudadano existe sobre ese dinero cuando entre el 74 % y el 80 % de los ingresos de los partidos no depende de afiliados ni de militancia?
El propio Tribunal de Cuentas lo reconoció en 2025: la transparencia es insuficiente y desigual. Solo unas pocas formaciones superan mínimos aceptables. El resto, en la penumbra.
Cuando un partido entra en el Congreso, deja de estar fuera del sistema.
Puede seguir siendo crítico, incómodo o radical.
Pero vive del mismo oxígeno institucional que denuncia.
En 2025, ningún partido con representación parlamentaria rechazó un solo euro de esta financiación.
Negarlo no es rebeldía.
Es marketing político.
28 de enero de 2026
José
En Voz Baja