EL HOMBRE DE LOS CARAMELOS
El jueves 9 de abril de 2026, Aldemar Aldama llegó al juicio donde se le piden siete años de prisión por su presunta implicación en una trama de corrupción. Llegó con una bolsa de cruasanes para los periodistas. Lo que siguió fue el tema del día en redes. Pero no por las razones que importan.
Aldama va a declarar por corrupción y reparte cruasanes. No es un detalle. Es un mensaje.
Mientras unos purgan condenas entre rejas, él convierte su comparecencia en un show: sonrisas, bolsas de dulces, y ese aire de quien parece saber que el sistema le permite jugar en otra liga. No es casualidad. Es oficio.
Porque Aldama no es un acusado cualquiera. Es un vendedor. Y como todo buen comerciante, entiende que el producto no es lo que dice, sino lo que hace sentir. Una bolsa de caramelos no borra los cargos, pero sí desvía la mirada. Convierte lo grave en anecdótico, lo incómodo en viral. Y mientras, la pregunta importante —¿por qué se le piden 7 años cuando a otros les pueden caer hasta 25?— se diluye entre risas y memes.
No hace falta ser experto en derecho para ver el juego. Los que 'se lo merecen' van a prisión. Silenciosos. Invisibles. Él sale a escena, con micrófonos y cámaras, repartiendo sonrisas como si fuera un influencer y no un investigado.
El gesto no es ingenuo. Es estrategia. La misma que usa desde siempre: vender humo, colocar producto, hacer que compremos la imagen en lugar de cuestionar el fondo.
Y lo peor no es que lo haga. Es que funcione.
La polka de los intermediarios
Aquí, en Canarias, llevamos décadas cantando contra los comisionistas, esos que viven de poner la mano sin ensuciarse. Los Sabandeños lo dejaron claro con su ironía: 'El intermediario se lleva el doble, y el que sudó la tierra, nada'.
Pues bien: Aldama es el intermediario moderno. No produce. Intermedia. No responde. Distrae. Y mientras, el sistema parece permitirle jugar en otra liga.
La pregunta que duele
No se trata de si es culpable o inocente —eso lo dirán los tribunales—. Se trata de por qué nosotros caemos en la trampa.
¿Por qué recordamos los cruasanes y olvidamos los papeles firmados? ¿Por qué aplaudimos el show y no exigimos cuentas? ¿Por qué, cuando unos están tras las rejas, otros pasean su presunta impunidad como si fuera un trofeo?
La respuesta incómoda: quizás Aldama no nos esté engañando. Nos está vendiendo lo que queremos comprar: la ilusión de que, al final, hasta lo que se investiga como fraude puede ser divertido.
Y así, entre dulces y sonrisas, lo que debería ser una pregunta seria deja de incomodar para convertirse en espectáculo.
— En voz baja