Al otro lado de los cristales
Mientras limpiaba los cristales del apartamento de mi suegra —que en paz descanse—, pensaba que yo no me dedico a limpiar cristales, como tampoco me dedico a tantas y tantas cosas que, sin embargo, termino haciendo.
Hoy Spotify se había empeñado en ponerme anuncios a cada momento. Precisamente hoy, cuando estaba allí con la matraquilla y necesitaba que la música me ayudara a desconectar del ruido y a conectar con ese bienestar que produce una buena canción.
Pero ni así.
Hasta que comenzó a sonar Nino Bravo:
Sé muy bien que con el último beso…
Era Tú cambiarás. Y entonces ya no estaba limpiando los cristales del apartamento. Había regresado a Banyoles, al Club Blau, al lago y a aquellos años en los que todo parecía estar todavía por estrenar.
Esas son las cosas que tienen las canciones. No solo te permiten recordar: te hacen volver. Puedes oler aquel momento, escuchar sus voces y hasta saborear el último beso de aquella muchacha.
Tenía el pelo de color azabache.
Durante unos minutos, la canción me devolvió intacto aquel tiempo. No como una historia que alguien me hubiera contado, sino como algo que estaba sucediendo de nuevo dentro de mí.
Y me entró esa tontura que a veces nos da con los años:—Qué canciones tan bonitas se escribían antes.
Seguí limpiando, dejándome llevar por los recuerdos, hasta que llegó otra canción y me pegó una bofetada.
Me sacó de mi pasado, me bajó de golpe de la nostalgia y me puso delante de la realidad.
La había escuchado muchas veces, pero aquella mañana me detuve en lo que realmente decía. Hablaba de personas que estaban muriendo, de la necesidad de tenderles la mano y de dejar de fingir que alguien, en algún lugar, acabaría resolviendo el problema.
Fue escrita en 1985 para responder a la hambruna de Etiopía. Decenas de artistas prestaron sus voces para decirle al mundo que el sufrimiento de los demás también era responsabilidad nuestra.
Y pensé en Ceuta.
Pensé en quienes se juegan la vida para llegar, en quienes viven allí sintiéndose desbordados y en quienes contemplamos todo desde lejos, esperando que sean otros quienes encuentren la solución.
También pensé en tantas otras zonas del mundo donde la guerra, el hambre y el miedo forman parte de la vida cotidiana.
Entonces me hice una pregunta:
¿Sería posible hoy una canción así?
No me refiero a si todavía existen artistas capaces de escribirla y cantarla. Seguramente sí. Me pregunto si conseguiría unirnos, si seríamos capaces de escucharla juntos y de reconocernos en ese nosotros.
Quizá el mundo no ha dejado de tener buenas canciones. Quizá somos nosotros quienes hemos dejado de escucharlas de la misma manera.
Seguimos teniendo música, artistas y motivos para levantar la voz. Lo que no sé es si todavía conservamos aquel sentimiento de pertenecer a una misma familia humana, aunque solo fuera durante los minutos que duraba una canción.
Mientras seguía limpiando los cristales pensé en el extraño viaje que acababa de hacer.
Una canción me había llevado a Banyoles, al Club Blau, al lago, al pelo azabache y al sabor de un último beso. La otra me había devuelto a Ceuta y a un presente que no podemos contemplar siempre desde la distancia.
Porque la música no sirve únicamente para desconectar de la realidad.
A veces hace justamente lo contrario:
nos limpia la mirada.
