Cuando callan quienes tienen poder

Hace casi un año escribí un artículo ¿en qué momento dejamos de exigir? porque un alcalde de un pequeño pueblo de Jaén repartía calendarios de Franco como si fueran un simpático recuerdo navideño. Había quienes los pedían, quienes aplaudían y quienes convertían la dictadura en un objeto de nostalgia.
Aquello me hizo pensar en Huesa, en mis padres y en tantos pueblos donde aprendimos a callar, quizá demasiado.
Hoy he vuelto a leer aquel artículo. Y me pregunto si aquellos calendarios no eran una pequeña muestra de algo mucho más profundo.
Ayer, el presidente de Argentina, Javier Milei, llamó a Pedro Sánchez «impresentable dictador» y «ladrón» durante un acto celebrado en Madrid.
Y hubo quienes aplaudieron.
Pero no es Milei quien más me preocupa. Sus extravagancias, sus gritos y sus provocaciones parecen alimentar a esos monstruos que crecen en los extremos de la izquierda y de la derecha.
Gritar, insultar o berrear para hacerse oír no requiere demasiado esfuerzo. La inteligencia, el señorío, el respeto y la convivencia son otra cosa.
Para mí, el verdadero protagonista de lo sucedido es Pedro Rollán, presidente del Senado, que se encontraba entre los asistentes.
Porque el presidente del Senado no es un señor que pasaba por allí.
Preside una institución constitucional que pertenece a todos los españoles. Una casa común en la que caben distintas ideas, sensibilidades y maneras de entender nuestro país.
No sé qué pensaba mientras escuchaba aquellos insultos. Tampoco conozco una respuesta pública suya que los rechazara. Su presencia, en cambio, sí está documentada.
Y eso es lo que me preocupa.
Porque los demás pueden venir a vender su libro, defender sus intereses o contar su historia.
Pero quien preside el Senado no puede olvidar que, por encima de sus ideas y de su partido, representa una institución de España.
No tenía que defender a Pedro Sánchez como político. Tenía que saber defender el respeto a la Presidencia del Gobierno, independientemente de quién la ocupe.
Podía pedir respeto, manifestar su desacuerdo o levantarse y marcharse. No hacía falta gritar ni insultar a nadie.
Bastaba con saber estar.
Porque hay silencios que demuestran prudencia y otros que dejan demasiadas preguntas.
El señorío no se demuestra llevando una bandera en la solapa ni presumiendo de patriotismo. Se demuestra cuando hay que defender la dignidad de nuestras instituciones, incluso cuando las ocupa alguien con quien no compartimos ideas.
De poco sirve envolverse en la bandera si, cuando uno considera que la están pisoteando delante de sus narices, permanece indiferente.
Ese patriotismo no me representa.
Pero hay otra cuestión que me cuesta comprender.
Que alguien venga a hablarnos de dictaduras con tanta ligereza.
Yo crecí bajo la dictadura de Franco. Era un niño, sí, pero mis padres la vivieron durante décadas. Conocieron los silencios, las dificultades, las pocas oportunidades y la necesidad de emigrar para buscar una vida mejor.
Javier Milei nació en 1970. Tenía seis años cuando comenzó la dictadura militar argentina y trece cuando su país recuperó la democracia.
También él creció bajo una dictadura.
No sé qué recuerdos conserva, pero su país conoció la represión, las desapariciones y el miedo.
Por eso me cuesta comprender que utilice la palabra dictador con tanta ligereza.
Una cosa es un mal gobierno y otra muy distinta una dictadura.
Mis padres no podían elegir libremente a su presidente del Gobierno.
Hoy podemos votar, criticar, manifestarnos, escribir artículos como este y cambiar a nuestros gobernantes mediante las urnas.
Y hasta un presidente extranjero puede venir a España, participar en un encuentro empresarial, llamar dictador y ladrón al presidente de nuestro Gobierno y recibir, esa misma tarde, una bienvenida institucional de la presidenta de la Comunidad de Madrid.
¿De verdad vamos a llamar dictadura a eso?
Vaya dictadura que tenemos…
Y quizá eso sea lo que más me preocupa de todo lo sucedido.
Que nos acostumbremos al ruido.
Siempre habrá alguien dispuesto a gritar más alto, a insultar más fuerte y a convertir la política en un espectáculo.
Pero cuando quienes podrían responder prefieren pasar de puntillas, el espacio lo van ocupando quienes más gritan.
Primero retrocedemos un paso, después otro, hasta que un día descubrimos que apenas nos queda sitio.
No creo que la respuesta sea gritar más fuerte.
Creo que es aprender a mantenerse firme sin perder el respeto, la inteligencia ni el saber estar.
Hace un año me preguntaba en qué momento los hijos de aquellos jornaleros que doblaban el lomo en la aceituna habíamos dejado de exigir lo que nuestros padres se dejaron la vida para que tuviéramos.
Hoy me hago otra pregunta.
Si nuestros padres callaban muchas veces porque no tenían otra opción, ¿por qué callan ahora quienes tienen poder, voz y responsabilidad institucional?
No pretendo que nadie deje de criticar al Gobierno. Al contrario. Debemos exigirle mucho más.
Pero exigir no es insultar. Y defender la democracia no significa defender a un partido.
A nuestros representantes debemos exigirles algo más que votos, discursos y banderas.
Debemos exigirles respeto, coherencia y dignidad institucional.
Porque, como escribí hace casi un año:
La democracia también se defiende en voz baja, pero nunca en silencio.