Cuando el ruido entra, algo se rompe

21.04.2026

Hay veces en que una causa justa deja de iluminar cuando a su alrededor se junta demasiado ruido.

Eso es lo que me ha pasado este fin de semana.

Yo quería mirar la visita de María Corina Machado desde un lugar limpio: el del dolor de Venezuela, el del exilio, el de una esperanza legítima. Y esa parte sigue ahí. No ha desaparecido. Pero algo se me torció cuando escuché ciertos cánticos, cuando volvió Carlos Baute a ser Carlos Baute, y cuando vi cómo la emoción se convertía otra vez en espectáculo, en abrazo interesado, en foto útil, en mensaje de bloque. En Madrid, Machado recibió la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, participó en el acto de Sol y rechazó reunirse con Pedro Sánchez, mientras el ministro Albares criticó después que se hubiera reunido solo con la derecha y la extrema derecha.

Lo he visto también en la vida.

No sé leer por dentro la cara de nadie. No puedo afirmar qué sintió José Manuel Albares. Pero sí percibí en sus palabras algo más que una discrepancia política. Vi el cansancio de quien siente que el trabajo serio, discreto y poco vistoso puede borrarse en un instante por una foto, por un gesto, por una operación de imagen. Albares recordó públicamente que 

España había ofrecido ayuda a Machado y lamentó que su visita se desarrollara en clave ideológica, reuniéndose solo con una parte del arco político.

Quizá lo entendí porque no lo vi solo en la política.

A veces una amistad no se rompe por una gran traición. Se enfría porque alguien entra gritando, simplificando, empujándolo todo hacia un lugar más bronco. A veces no es el amigo quien te falla, sino el clima que se instala a su alrededor. Uno deja de hablar con la persona de antes y empieza a hablar con el ruido que la rodea.

Eso también pasa en lo público.

El trabajo serio de acogida y diplomacia existe, aunque casi nunca salga en la foto. Mientras tanto, los abrazos, los besos, la emoción visible y el rendimiento político se los llevan casi siempre quienes mejor manejan la confrontación.

Y ahí es donde algo se enturbia.

No porque la causa venezolana deje de ser grave. No porque quienes la sufren merezcan menos apoyo. Sino porque alrededor aparece una escena demasiado conocida: la del dolor ajeno convertido en instrumento propio.

Luego vino lo de Carlos Baute. Sus insultos racistas contra Delcy Rodríguez, seguidos de una disculpa pública, terminaron de romper esa supuesta limpieza moral que algunos querían dar al acto. Porque una cosa es denunciar una dictadura y otra tolerar que esa denuncia se mezcle con expresiones racistas y con silencios interesados.

Tal vez por eso todo esto me ha dolido más de la cuenta.

Porque no vi solo a Venezuela. Vi también un mecanismo.

Cuanto más leo, menos entiendo

El que hace que quien construye quede en segundo plano y quien grita ocupe el centro. El que convierte una causa compleja en una pancarta útil. El que premia más el ruido que la responsabilidad.

Quizá por eso me he sentido saturado estos días. Cuanto más leo, más difícil se me hace entender. Llega un momento en que uno necesita cerrar, apagar, apartarse un poco. No para desentenderse, sino para no dejarse arrastrar por una forma de ruido que ya no aclara nada.

A veces desconectar no es huir. Es proteger lo poco limpio que aún queda dentro.
Y eso, hoy, también me parece una forma de resistencia.

José Moreno Robledillo · abril 2026

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