Cuando la corrupción ya no escandaliza
Escribo estas líneas desde la sala de urgencias de mi centro de salud. No es una metáfora. Estoy aquí por culpa de un esguince que se ha complicado.
Basta mirar alrededor para comprobar que quienes esperamos compartimos algo más que el dolor físico. Hay quien aguanta en silencio, quien se queja y quien mira el móvil para que el tiempo pase más deprisa.
Y luego estamos quienes no podemos evitar darle vueltas a lo que sucede fuera de estas paredes: a esa grieta que parece hacerse cada día un poco más grande mientras nos repiten que no hay otra salida.
Hoy me duele el tobillo, sí. Pero hay algo que lleva mucho más tiempo doliéndome: ver cómo se deteriora el sistema por dentro mientras demasiadas personas, por cansancio, miedo o costumbre, prefieren mirar hacia otro lado.
El jarabe de la impunidad
Lo conocido sobre el caso de Santos Cerdán no parece un simple episodio aislado de comisiones. La investigación apunta a posibles adjudicaciones irregulares de obra pública y a una trama en la que habrían intervenido políticos, intermediarios y empresarios.
No estamos hablando de tres mindundis con aspecto de secundarios en una película de Torrente. Estamos hablando de contratos públicos, informes técnicos, mesas de contratación, empresas, intermediarios y decisiones administrativas.
Un entramado así, si finalmente se demuestra, no funciona únicamente por la iniciativa de quienes aparecen en las conversaciones o reciben el dinero. Necesita procedimientos que se fuerzan, controles que fallan y personas que, por acción u omisión, permiten que todo continúe.
Conviene mantener la prudencia: existen investigaciones, indicios y personas investigadas, pero serán los tribunales quienes determinen las responsabilidades. Esa prudencia, sin embargo, no debe convertirse en indiferencia.
¿Y nadie lo vio?
He trabajado en contratación pública y sé que un contrato no aparece de la nada. Pasa por mesas, informes, firmas, controles y decisiones sucesivas.
Por eso cuesta creer que, cuando una adjudicación está diseñada para favorecer a alguien, nadie perciba nada extraño.
¿Dónde estaban las empresas que perdieron aquellos concursos? ¿Qué capacidad tenían los funcionarios para advertir de posibles irregularidades? ¿Funcionaron los controles internos? ¿Y dónde estaba la prensa local, la que conoce los nombres, las empresas y las relaciones que existen en cada territorio?
Hoy sabemos más de algunos escándalos ocurridos a miles de kilómetros que de determinadas decisiones tomadas a dos calles de nuestra casa.
Mientras tanto, seguimos viendo aeropuertos casi vacíos, hospitales deteriorados, obras que multiplican su coste y autopistas rescatadas con dinero público.
Cada caso tendrá su explicación y sus responsables. Pero, cuando las situaciones se repiten, resulta legítimo preguntarse si estamos ante fallos aislados o ante un sistema que facilita que demasiadas cosas permanezcan ocultas.
El azúcar que todo lo pudre
Podemos descubrir a tres culpables cada cinco años. Podemos cambiar los nombres, las siglas y las caras que comparecen ante las cámaras.
Pero mientras sigan existiendo bolsas llenas de caramelos, siempre habrá alguien dispuesto a meter la mano.
El problema no son solamente «los políticos». También lo son las empresas que compran favores, quienes firman sabiendo que algo no encaja, quienes miran hacia otro lado y quienes protegen al compañero porque hoy le toca a él y mañana quizá necesiten que alguien los proteja.
La corrupción no crece únicamente por la codicia de quien cobra. Crece gracias al silencio de quienes la rodean.
¿Y nosotros qué?
También nosotros debemos decidir qué hacemos.
Podemos callarnos y continuar pasando vídeos con el dedo. Podemos refugiarnos en ese cómodo «todos son iguales», que no exige distinguir responsabilidades ni pedir explicaciones.
O podemos reclamar que las empresas condenadas por corrupción no vuelvan a contratar con las administraciones durante el tiempo que establezca la ley; que los controles sean verdaderamente independientes; que el periodismo tenga medios para investigar; y que cualquier ciudadano pueda consultar con facilidad los contratos, los pliegos, las modificaciones y las adjudicaciones realizadas con dinero público.
La transparencia no consiste en esconder miles de documentos en una página imposible de entender. Consiste en permitir que cualquier persona pueda saber quién decidió, cuánto costó y quién se benefició.
Lo que más duele
Tal vez lo más grave no sea únicamente el caso Cerdán, las posibles empresas instrumentales o las supuestas comisiones.
Lo más grave —y también lo más peligroso— es que la corrupción haya dejado de escandalizarnos.
Que algo huela mal y respondamos que es «el chorizo de toda la vida». Que demos por hecho que siempre ha sucedido y siempre sucederá. Que aceptemos la corrupción como quien acepta el mal tiempo: con resignación y esperando que pase.
Por eso escribo.
Porque no quiero acostumbrarme. Porque no quiero que mis hijos —ni los tuyos— crean que esto es lo normal.
Y porque, cuando repetimos que «todos son iguales», no castigamos a todos. Al contrario: ayudamos a los culpables a esconderse entre quienes no lo son.
José Moreno Robledillo
Junio de 2025
En Voz Baja · José Moreno Robledillo
Un espacio para detenerse
Escribo sobre memoria, raíces y los lugares que nos definen. Sin urgencia. Sin trincheras. Con el tiempo que merecen las cosas.
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