El carrito y la moneda
Un hombre me tendió su carrito y la moneda del depósito, sin que yo se la pidiera. Antes de eso, ya lo había juzgado mal.

Ayer fui a comprar a Makro. Al acercarme a la zona de los carros vi a un hombre, por su aspecto probablemente marroquí. Llevaba una bolsa en la mano y estaba devolviendo el carro para recuperar su moneda.
Antes de entender lo que ocurría, mi cabeza ya había construido su propia historia: pensé que estaba pidiendo algo o intentando conseguir una moneda.
Entonces me miró y me preguntó:
—¿Quiere el carro? ¿Quiere la moneda?
Había terminado su compra y, en lugar de devolver el carro, tuvo la amabilidad de ofrecérmelo con la moneda dentro.
Me quedé frío. Le di las gracias, aturdido, y seguí mi camino. Solo después caí en la cuenta de algo que en aquel momento no vi: no reaccioné mirándolo a los ojos. Su gesto me afectó, sí, pero no lo suficiente como para sostenerle la mirada y devolverle, aunque solo fuera con otra mirada, la humanidad que él me había ofrecido sin pedir nada.
Fui yo quien, condicionado por todo lo que estamos viendo y escuchando estos días, dejó de ver durante unos segundos a una persona y confundió un prejuicio con la realidad. Eso ya me costó reconocerlo. Pero todavía me ha costado más aceptar que descubrirlo no fue suficiente para reaccionar de otra manera.
El ruido no ciega únicamente antes del gesto amable. También puede cegarnos después, cuando la realidad ya ha desmentido nuestros temores y, aun así, permanecemos aturdidos, sin más respuesta que un gracias automático.
Es como cuando sales de ver una película de boxeo y caminas lanzando golpes al aire, aunque no te guste el boxeo. Después de tantos días recibiendo imágenes, mensajes y palabras sobre inmigración, uno sale a la calle dispuesto a encontrar aquello que le han enseñado a temer y, según parece, sin saber qué hacer cuando la realidad lo desmiente.
Ayer aquel hombre me ofreció un carro y una moneda. Sin saberlo, también me puso delante un espejo.
Y no me gustó lo que descubrí en mí durante aquellos segundos: ni el prejuicio inicial ni la torpeza posterior, cuando ya sabía que lo había juzgado mal y, aun así, no supe estar a la altura de su gesto.
— José