El silencio como complicidad
Actualizado, agosto 2026 · Publicado originalmente en abril 2025
De todos los peligros que enfrentamos como sociedad, tal vez el más inquietante no sea el grito de los que imponen, sino el silencio de los que piensan y no se atreven a hablar.
En estos tiempos, opinar puede incomodar.
Dudar se considera debilidad.
Y pensar con matices, en lugar de eslóganes, parece casi un acto de rebeldía.
Lo vemos cada semana.
Un artículo que debería abrir debate se comparte en silencio, sin comentario. Un amigo con una opinión formada la guarda para sí porque «no merece la pena». Una reunión familiar en la que nadie menciona ciertos temas porque la última vez acabó mal.
Las redes sociales, que prometían democratizar la conversación, han hecho casi lo contrario: han creado el espacio más vigilado que ha existido nunca.
Publicar algo con matices es arriesgarse. Los algoritmos premian la polarización. Las opiniones complejas se ignoran; las rotundas, se viralizan. Y así, millones de personas con criterio propio han decidido, razonablemente, callarse.
El resultado no es silencio.
Es sustitución.
El espacio que dejamos vacío no permanece vacío. Lo ocupan los que no tienen dudas, los que hablan sin escuchar, los que han encontrado en la certeza absoluta un arma de guerra.
Y lo que es más grave: los debates se deforman.
Las posiciones razonables —las que reconocen la complejidad, las que admiten que el otro también tiene parte de razón— desaparecen del mapa. Lo que queda son dos extremos que se gritan entre sí y llaman a eso «debate público».
Así se pierden conversaciones enteras. Sobre la vivienda. Sobre la inmigración. Sobre el futuro de Europa. Sobre lo que le va a pasar a nuestros hijos. Debates que merecen voces serenas. Que no las tienen. Porque las voces serenas se han retirado.
Hemos dejado de hablar de ciertos temas en familia, con amigos, en redes.
No porque no tengamos opinión, sino porque tenemos miedo de ser malinterpretados, atacados o, simplemente, ridiculizados.
Así, la conversación pública se ha llenado de ruido…
pero de un ruido que viene casi siempre de los extremos, de los que gritan más, no de los que piensan más.
Y en medio de ese ruido, se cuelan los bulos, las verdades recortadas, los memes como argumento, las manipulaciones como entretenimiento.
Nos dicen que es mejor no entrar en política, que es agotador debatir, que ya está todo dicho.
Pero mientras tanto, otros sí están hablando en nuestro nombre.
Y cuando tomamos decisiones —en las urnas, en la plaza pública, en la mesa familiar— muchas veces estamos respondiendo a una conversación que no tuvimos. A un relato que construyeron otros mientras nosotros mirábamos.
Hay un silencio que es sabiduría.
El de quien escucha antes de hablar. El de quien espera a entender antes de opinar. El de quien no alimenta el fuego cuando sabe que todo lo que diga va a ser malinterpretado.
Pero hay otro silencio.
El de quien sabe, piensa, tiene criterio… y no dice nada para no arriesgarse.
Ese silencio también es político. Aunque no lo parezca.
Porque el relato lo construye quien habla, no quien tiene razón.
No se trata de gritar más.
Se trata de no abandonar el espacio a los que sí gritan.
Hablar con matices. Admitir que una cosa puede ser cierta y su contrario también. Decir «no lo sé» cuando no lo sabemos. Sostener una posición incómoda porque es la que creemos, aunque no nos ganemos ningún «me gusta».
Eso no es ingenuidad.
Es la única forma de que la conversación pública no pertenezca solo a los extremos.
Callar no siempre es prudente.
A veces, es la forma más cómoda de renunciar a lo que uno cree.
Y en democracia, las renuncias cómodas tienen un precio.
Lo pagamos todos.
«El mayor riesgo no es que nos impongan cosas, sino que dejemos de pensar por cansancio.»
José Moreno Robledillo
Agosto 2026
En Voz Baja · José Moreno Robledillo
Un espacio para detenerse
Escribo sobre memoria, raíces y los lugares que nos definen. Sin urgencia. Sin trincheras. Con el tiempo que merecen las cosas.
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