Huesa un año después

Hace un año volví a Huesa. Creía saber lo que iba a sentir.
Hace un año volví a Huesa.
Fui con una idea muy concreta: volver a ver aquellas calles y comprobar si todavía era capaz de reconocerme en ellas.
Y ocurrió.
Me reconocí.
No solo reconocí las calles. Me vi correr por ellas. Me vi pequeño otra vez, doblando esquinas, entrando y saliendo de casas, mirando el mundo desde la altura de un niño que todavía no sabía todo lo que la vida le tenía preparado.
Yo llevaba algunas ideas pensadas antes del viaje. Creía saber lo que iba a sentir. Pero todo aquello quedó obsoleto casi de inmediato.
Cada calle multiplicaba la memoria.
Cada rincón abría algo.
Y lo más inesperado no fue lo que sentí allí, sino todo lo que ha seguido ocurriendo dentro de mí durante este año.
Porque Huesa no terminó cuando regresé a Tenerife.
De alguna manera, siguió viniéndose conmigo cada mañana.
Cada desayuno ha sido también un recuerdo.
El aceite de la cooperativa Nuestra Señora de la Cabeza me ha acompañado durante estos más de trescientos sesenta días. Me queda ya muy poco de aquellas botellas que compré, y sé que tengo que volver a por más.
Ya no puedo estar sin él.
El pan no sabe igual. El tomate pierde verdad. El jamón se queda pobre.
A veces pienso que ese aceite no alimenta solo el cuerpo.
También alimenta la memoria.
Mi intención era abrir de par en par la ventana de Huesa.
Y madre mía si la abrí.
La abrí tanto que ya no he podido cerrarla ni siquiera en los días de temporal.
Por esa ventana han entrado voces, silencios, imágenes, dolores antiguos, reconciliaciones y preguntas que llevaban demasiados años esperando.
Y también gratitud.
Mucha gratitud.
Porque ahora entiendo que volver no era únicamente mirar atrás.
Era recolocarme por dentro.
Y quizá por eso siento que tengo que cumplir.
Tengo que acabar esta historia.
Mayo 2026 · El Médano, Tenerife