La sonrisa de la ilegalidad

07.09.2025

Lo que se cuenta aquí ocurrió en Granadilla de Abona, Tenerife, pero podría haber ocurrido en cualquier municipio de España. Un empresario, una obra sin licencia, la política de los hechos consumados. Y la pregunta que duele más que la propia infracción: ¿por qué aplaudimos la trampa de otros?

Hace días que no escribía. Me había cogido un respiro para desconectar, para digerir las cosas que cada día nos pone delante la vida. Pero esta mañana me tocó, otra vez, el papel ingrato de presidente de comunidad.

El escenario: una obra ilegal en marcha

Una obra ilegal en marcha. Un camión enorme cortando el tráfico sin autorización, cargado con paneles a punto de instalarse sin licencia ni permiso. Avisamos a la policía. Intervinieron, paralizaron el camión y se marchó con la carga.

Pero el intento no terminó ahí: poco después regresaron con furgonetas pequeñas, descargando el mismo material, como si la ley fuera un simple obstáculo que se sortea cambiando de vehículo.

El objetivo del empresario era evidente: la política de los hechos consumados. Primero coloco, luego ya veremos. Pagar la sanción, buscar una vista gorda, arreglarlo después en los despachos… siempre hay grietas en un sistema engrasado por la costumbre y la corrupción.

Lo más inquietante: las sonrisas

Hasta aquí podría parecer una historia rutinaria de infracciones urbanísticas. Pero lo que más me llamó la atención no fue la trampa en sí.

Lo más inquietante fueron las caras. Cinco o seis trabajadores, sin casco, sin arneses, sin protección alguna, con radiales encendidas y un dueño paseando con las manos en la espalda. Todos sonriendo, felices, como si estuvieran ganando una batalla. Como si burlar a la comunidad y al propio ayuntamiento fuera un mérito, un motivo de orgullo.

¿Cómo es posible que la gente humilde, los trabajadores, encuentren satisfacción en sostener con sus manos la trampa de otros? ¿Cómo puede alguien venderse por un café, un vermut o un plato de lentejas, celebrando lo que en realidad es una ilegalidad que nos degrada a todos?

La sonrisa de esa mañana no era de dignidad, sino de ruina moral.

La complicidad silenciosa

La alegría de creerse listos porque "hemos colado una" cuando, en realidad, lo que hemos hecho es hundirnos un poco más como sociedad.

Hoy lo he visto claro: el problema no es solo que existan empresarios que intentan saltarse la ley. El problema es que demasiadas veces les ayudamos, les aplaudimos, incluso nos sentimos parte de su trampa.

«El verdadero problema no es la trampa del poderoso, sino nuestra complicidad silenciosa.»

¿Qué hacemos con esta miseria que se disfraza de picardía?

José Moreno Robledillo · Septiembre 2025



Nota posterior: reconocimiento a quien hizo su trabajo

Esta aclaración fue añadida días después de publicar el artículo.

Cuando escribí este texto lo hice desde el dolor y desde mis entrañas. Y en ese desahogo me olvidé de algo importante: dar las gracias y reconocer a quienes sí hicieron su trabajo.

El policía que se presentó en la obra, que impidió que el camión descargara los paneles y que ordenó retirarlos: sería muy injusto ponerlo en el mismo saco. Ese servidor público, igual que nosotros como vecinos, se sintió engañado. Y merece que se diga.

No todo es corrupción ni pasividad. También hay quienes sostienen lo real con su trabajo honesto. Y a ellos, gracias.

Este artículo es el primero de una serie de tres sobre la misma situación. Los hechos narrados son reales y están documentados. No se identifican personas físicas de forma individualizada.


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