Las primeras ventanas ya están abiertas

01.08.2026

Esta semana he recibido mensajes de personas que han terminado el libro.

A ninguna le he transmitido pena. Era mi miedo desde el principio: dar lástima, parecer víctima. No hay nada de eso.

Hay cosas duras en Ventanas de Luz. Una infancia de posguerra en un pueblo de Jaén. Años de trabajo que consumían más de lo que devolvían. Momentos que, contados de otra manera, podrían haberse convertido en una queja.

No lo son. Y por eso, creo, nadie lo soltó.

María Jesús lo leyó en dos días sin poder parar. Miguel terminó en pocos más. La Mercè me llama desde Girona: "Solo veo amor, amor y amor." Belén me manda una foto del libro en su casa con tres palabras: "Conociéndome más y mejor."

Distintas personas. Distintos lugares. La misma conclusión.

No escribí este libro para que nadie me entendiera. Lo escribí para entenderme yo.

Pero hay algo que no calculé: que contar una vida sin pedir compasión hiciera que la gente no pudiera dejar de leer.

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