¿Nuestros hijos o los de los otros?

31.10.2026

Escribo esto sin pretender dar lecciones. Me pregunto qué hacemos los adultos cuando algunos jóvenes pasan de protestar a romper, y si seríamos capaces de mirar también a nuestros propios hijos

Niños patinando en una plaza, vistos desde un balcón, junto a una escultura de piedra y vallas azules.
Foto: José Moreno Robledillo.

Esta reflexión nace de esos chicos que aparecen en televisión haciéndose notar, increpando a la prensa o, simplemente, haciéndose los graciosos detrás de banderas que quizá ni saben qué representan. Al verlos, me pregunto: ¿son nuestros hijos o son los de los otros?

Y cuando vemos a jóvenes metidos en actos de violencia, pillaje o destrucción, ¿qué pensamos? ¿Nos preguntamos si podría ser uno de nuestros hijos? ¿O damos por hecho que serán los hijos de otros?

A veces nos sentimos orgullosos cuando los jóvenes cuestionan el sistema, no aceptan las cosas sin más y se atreven a llevar la contraria. Y está bien que tengan criterio, que protesten y que no permanezcan indiferentes ante lo que consideran injusto.

Pero cuestionar el sistema y protestar no es lo mismo que saquear, agredir o destruir. Cuando se llega a eso, aparece una pregunta difícil: ¿contra quién se están rebelando? ¿Contra el sistema? ¿Contra nosotros? ¿O contra el comerciante, el trabajador y el vecino que se encuentran allí y que nada tienen que ver con aquello que dicen combatir?

Quizá nos resulte más fácil pensar que son los hijos de otros. Hasta que una imagen, un nombre o una llamada nos obliga a preguntarnos si podría ser el nuestro.

¿Y qué hemos hecho los mayores? ¿Qué hacemos con nuestros hijos? ¿Qué responsabilidades les damos? ¿Qué educación les damos? ¿Medimos nuestras palabras? ¿O les hemos reído las gracias porque iban contra los otros?

Quizá todos miramos la realidad a través de un cristal que cambia de color según quién tengamos delante.

Me incluyo como padre. Sé que los contenedores de basura se pagan con nuestros impuestos. Pero también sé que hay gente que se ríe porque piensa que eso lo paga el Estado, y se olvida de que todos somos Estado. Me duele decirlo, pero muchos se ríen porque creen que de esta forma cae un gobierno, el que sea. Caerá un gobierno, pero los destrozos continuarán.

Ganar, sí. Pero no así.

Porque cuando termina una manifestación, las calles siguen siendo nuestras. Tenemos que volver a encontrarnos con nuestros vecinos, sentarnos en la misma plaza y salir con nuestros hijos y nuestros nietos a jugar a la pelota.

No se trata de condenar a una generación entera ni de impedir que los jóvenes cuestionen el mundo que les hemos dejado. Se trata de preguntarnos qué les estamos enseñando sobre la libertad, la protesta y la responsabilidad. Y qué haríamos si descubriéramos que nuestro hijo estaba allí.

Porque quizá la primera reacción no debería ser buscar una excusa. Quizá deberíamos preguntarnos qué ha pasado y cómo ayudarle a comprender el daño que ha causado.

Share