Por qué escribir sobre el pasado

14.09.2026

Hay una paradoja que me acompaña cada vez que me siento delante del ordenador.

Durante muchos años, no escribí una sola palabra en público. Ni una felicitación. Ni una nota. Nada que pudiera leer alguien que no fuera yo. Y sin embargo, aquí estoy: intentando explicarle a quien lea esto por qué escribir sobre lo que ya vivimos es una de las cosas más útiles que podemos hacer.

No lo digo desde la teoría. Lo digo desde la experiencia de haberlo hecho y de lo que encontré por el camino.

La hoja en blanco no asusta tanto como parece

Cuando le propongo a alguien que escriba, casi siempre aparece una resistencia inicial.

¿Qué voy a contar yo?

¿A quién le puede interesar mi vida?

Mi respuesta suele ser la misma: no se trata de interesar a nadie. Se trata de empezar.

Coge un papel en blanco y escribe lo primero que te pase por la cabeza. No lo que crees que deberías escribir. Lo que aparece.

Porque lo que aparece, cuando no intentas controlarlo demasiado, suele decir algo verdadero.

La cómoda de los cajones

Escribir sobre el pasado es como tener delante una cómoda con cientos de cajones que llevan años cerrados.

Abres uno y, sin saber qué esperar, te llega un olor a naftalina. Penetrante. Inconfundible. El olor de una ropa que sabes que ya no vas a ponerte nunca más, pero que alguien guardó con cuidado porque en su momento importó.

Abres otro y aparece un olor distinto.

A membrillo.

En mi casa se guardaban entre la ropa, en cajones o baúles. Allí iban madurando lentamente y, mientras lo hacían, dejaban impregnado aquel aroma dulce y fuerte que todavía hoy soy capaz de reconocer.

Basta recordarlo para que aparezca mi madre.

Y detrás de ella, una casa, una estación del año, unas manos colocando la fruta entre la ropa, otra manera de conservar las cosas y otra manera de vivir.

Eso hacen los recuerdos.

Empiezas abriendo un cajón y terminas encontrando una parte de ti que creías olvidada.

En otro aparece polvo. Lo remueves y te hace estornudar.

Y quizá ese estornudo —ese momento en que el cuerpo reacciona sin pedirte permiso— sea también una manera de respirar. De expulsar algo que llevaba demasiado tiempo acumulado.

Eso puede hacer la escritura cuando la dejas ir.

No es nostalgia. Es comprensión

Escribir sobre el pasado no significa quedarse atrapado en él.

Significa regresar con los ojos de ahora para comprender lo que entonces no podías ver.

Entiendes por qué tomaste ciertas decisiones. Por qué algunas personas te marcaron. Por qué determinados lugares todavía te duelen o todavía te alegran cuando los recuerdas.

Empiezas a comprender por qué eres como eres.

Y cuando uno reconoce de dónde vienen algunos de sus miedos, sus certezas, sus afectos o incluso sus prejuicios, también cambia su manera de mirar lo que ocurre hoy.

El pasado deja entonces de ser solamente recuerdo.

Se convierte en una forma de comprender el presente.

Y algo más ocurre cuando empiezas a entenderte a ti mismo: también comienzas a mirar de otra manera a quienes estuvieron contigo.

A tus padres.

A tus hijos.

A las personas que compartieron alguno de aquellos cajones.

La escritura, cuando es honesta, no es solamente un ejercicio de soledad. También es un acto de reconocimiento.

Nadie necesita haber vivido una vida extraordinaria

Uno de los errores más frecuentes es pensar que solo merece la pena escribir si has hecho algo extraordinario.

No es así.

Las vidas normales —las construidas con trabajo, mudanzas, pérdidas pequeñas, alegrías sin espectáculo, comidas familiares, olores, canciones, calles y personas— contienen mucho más de lo que creemos.

Precisamente porque en ellas podemos reconocernos.

Yo tardé décadas en atreverme.

Y cuando lo hice, lo que encontré dentro de aquellos cajones no fue una vida perfecta.

Fue una vida real.

Y resultó ser suficiente.

Empieza por un cajón

No hace falta un plan.

No hace falta saber hacia dónde va.

Coge un papel y escribe lo primero que llegue.

Puede ser un olor.

Una imagen.

El nombre de alguien.

Una canción.

Una calle que ya no existe.

O quizá un membrillo guardado entre la ropa.

No te preguntes si es bueno.

Pregúntate si es tuyo.

Porque escribir sobre el pasado no es simplemente mirar hacia atrás.

Es una manera de descubrir de dónde vienes para entender mejor dónde estás.


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