S'Agaró

22.09.2026

La casa tenía dos plantas, piscina, pistas de tenis y demasiado espacio para un hombre solo.

Había llegado a S'Agaró con pocas cosas y ninguna idea de cuánto tiempo se quedaría.

Por las mañanas barría, fregaba, ordenaba habitaciones que apenas utilizaba. Después salía a la terraza y se sentaba al sol.

Había decidido aprender a escribir.

O quizá simplemente necesitaba hacer algo con las manos cuando ya no sabía qué hacer consigo mismo.

Tenía un ejemplar de Tuareg, de Vázquez-Figueroa, y empezó a copiarlo en una libreta.

Página tras página.

La letra fue mejorando.

Él no sabía muy bien.

Una tarde llamaron a la puerta.

Era una mujer rubia, alta, muy guapa.

—Soy Virginia. Vivo al lado.

Venía con sus dos hijos.

Le dijo sus nombres, señaló la casa contigua y añadió:

—Para cualquier cosa, estamos aquí.

Y se marcharon.

Días después Virginia regresó acompañada por otra mujer.

Empezaron hablando de cualquier cosa.

Después llegaron las preguntas.

Él contestó una.

Luego otra.

Sin saber muy bien cómo, terminó contando cosas que llevaba demasiado tiempo sin contar.

Al día siguiente volvieron para enseñarle a planchar.

Aquello le hizo gracia.

Aprendió.

También aprendió que desde su terraza se podía pasar a la casa de Virginia sin necesidad de salir a la calle.

Los niños comenzaron a entrar y salir.

A veces jugaban al fútbol.

Virginia aparecía para tomar algo, hablar un rato o fumar un cigarrillo que casi siempre terminaba enlazando con el siguiente.

La casa empezó a parecer menos grande.

Una noche ella le pidió que la acompañara a una fiesta.

—¿Qué me pongo?

—Un traje.

No tenía.

Fueron a Platja d'Aro, compraron uno y lo arreglaron a tiempo.

La fiesta estaba llena de gente importante.

Políticos, empresarios, personas conocidas.

Él apenas recordaría después quién estaba allí.

Recordaría a Virginia.

Después de aquella noche las conversaciones se hicieron más largas.

También los silencios.

Y hubo lágrimas.

Y mucho humo.

Virginia fumaba demasiado.

Alguna noche, cuando los niños ya dormían, él salía a su terraza.

Miraba alrededor.

Daba unos pasos.

Y entraba en la casa de al lado.

Sin encender luces.

Sin hacer ruido.

Dormían juntos.

Por la mañana regresaba a su casa por el mismo camino.

Durante un tiempo aquella distancia de pocos metros fue suficiente.

Una terraza.

Otra terraza.

Dos casas.

Dos vidas.

Y en medio, unos cuantos pasos que de noche parecían fáciles.

Años después no recordaría muchas de las conversaciones.

Tampoco qué se dijeron exactamente aquella primera noche.

Pero sí recordaría su piel.

Su olor.

Y, de una manera incomprensible, el sabor a tabaco en su boca.

Como si acabara de besarla.

Hubo un sábado en que se sentó al sol con un bol de fresas.

Poco después estaba hinchado, con la cara deformada y casi sin conocimiento.

Terminó en el hospital.

—Es alérgico a las fresas.

Le pusieron varias inyecciones y unas horas más tarde pudo regresar a casa.

Todo volvió a la normalidad.

También él.

Virginia seguía viviendo al otro lado.

La terraza seguía allí.

Y la distancia seguía siendo de apenas unos metros.

Pero una noche dejó de cruzarla.

Después otra.

Y después otra.

Hasta que aquella puerta que nunca había tenido cerradura empezó a parecer cerrada.

Virginia no preguntó demasiado.

Él tampoco explicó nada.

Había cosas esperándolo fuera de S'Agaró.

Responsabilidades.

Promesas.

Miedos.

Una vida anterior que seguía tirando de él aunque ya no supiera si quería regresar a ella.

Y regresó.

Muchos años después todavía no sabía explicar por qué.

Virginia había estado allí.

La casa de al lado también.

Y durante un tiempo solo habían hecho falta unos pasos por una terraza para pasar de una vida a otra.

Después dejó de cruzarla.

Nunca supo qué habría ocurrido si aquella noche hubiera vuelto a hacerlo.

Pero todavía recordaba su piel.

Su olor.

Y el sabor a tabaco en su boca.

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