Antes de juzgar a Maricarmen
Primero la sacaron de su casa en camilla. Dos días después, la empresa que promovió su desahucio le ofreció una fórmula para que pudiera volver. Entre medio, muchos empezaron a preguntarse qué había hecho ella para merecerlo.

Antes de juzgar a Maricarmen
Primero la sacaron de su casa en camilla. Dos días después, la empresa que promovió su desahucio ofreció una fórmula para que pudiera volver.
La propuesta puede ser una solución. Ojalá lo sea. Pero también obliga a formular una pregunta incómoda: ¿por qué fue necesario expulsar a una mujer de 87 años para empezar a estudiar una posibilidad que podía haberse explorado antes?
Maricarmen ya vivía en aquella casa de alquiler en 1956, el año en que yo nací. Setenta años. Ha llovido mucho desde entonces.
He seguido leyendo los comentarios en las redes. Muchos no se preguntan por qué fue necesario sacar en camilla a una mujer de 87 años. Se preguntan por qué no compró una casa, cuánto cobraba, si iba al bingo o si pretendía vivir del cuento.
No les basta con que la justicia haya dado la razón a la propiedad. Necesitan también que Maricarmen sea culpable.
Culpable de haber vivido de alquiler. Culpable de no haber comprado. Culpable de haber envejecido en la misma casa. Culpable, incluso, de que ahora intenten encontrarle una solución.
Hoy las redes nos empujan a mirar hacia abajo para que nos olvidemos de mirar hacia arriba.
Miramos la pensión de Maricarmen, sus gastos, sus decisiones y hasta si alguna vez fue al bingo. Toda su vida queda sometida a juicio.
Mientras miramos hacia ella, dejamos de mirar a quienes compraron la vivienda, calcularon su rentabilidad, rechazaron las propuestas anteriores y esperaron hasta después del desahucio para plantear una posible solución.
También dejamos de preguntarnos qué hicieron las administraciones durante todos estos años y por qué algunos medios presentan ahora esa propuesta como si pudiera borrar la imagen de Maricarmen saliendo en camilla.
Hoy se opina con mucha facilidad sobre lo que alguien debería haber hecho con su vida. Pero pocos se detienen a ver primero a la persona y, solo después, todo lo demás.
No conocemos todas las decisiones que tomó Maricarmen. Tampoco necesitamos convertirla en una mujer ejemplar para reconocer su dignidad. Pudo equivocarse, como cualquiera de nosotros. Pudo ahorrar más o menos, tomar buenas o malas decisiones e incluso ir al bingo. Nada de eso explica que dejemos de verla como una persona.
Una cosa es que la propiedad quiera recuperar su vivienda. Eso puede ser legal y comprensible. Otra, muy distinta, es lo que sucede cuando la vivienda deja de ser principalmente un lugar para vivir y se convierte en un bien del que obtener la máxima rentabilidad posible.
Durante la posguerra y las décadas siguientes, muchas familias trabajadoras vivieron de alquiler. No comprar una casa no era necesariamente un fracaso, sino la realidad de millones de personas que vivían de acuerdo con sus posibilidades.
Más tarde nos dijeron que todos debíamos comprar. Llegaron las hipotecas, las cooperativas y las facilidades de financiación. Muchas viviendas se construyeron en terrenos baratos, en barrios obreros o en zonas que entonces parecían alejadas y tenían poco valor.
Con el paso del tiempo, las ciudades crecieron y muchos de aquellos barrios se convirtieron en zonas codiciadas. Lo que antes era vivienda para trabajadores pasó a ser una inversión. Los precios subieron y las personas con menos recursos fueron desplazadas cada vez más lejos.
Construir viviendas y obtener un beneficio razonable es legítimo. Especular hasta expulsar a quienes llevan toda una vida en ellas es otra cosa. Podrá ampararlo la ley, pero no por eso tenemos que considerarlo normal, y mucho menos decente.
Ahora, dos días después del desahucio, la empresa ofrece una posible solución. Puede ser sincera o una estrategia para reparar su imagen después de lo ocurrido. El tiempo lo dirá. Lo importante es que Maricarmen pueda volver, si eso es lo que quiere, y que la propuesta se convierta en una solución real.
Antes de juzgarla, quizá deberíamos mirar a nuestro alrededor. Seguro que conocemos a alguien que se equivocó, que no pudo ahorrar, que tomó decisiones distintas a las nuestras o que llegó a la vejez sin una vivienda en propiedad.
Pero antes de preguntarnos qué clase de sociedad permite esta escena, buscamos qué hizo aquella mujer para merecerla.
Quizá no baste con preguntarnos dónde miramos. También habría que preguntarse quién consigue que miremos hacia abajo y en qué momento dejamos de mirar a las personas.