La diplomacia del espectáculo: cuando el miedo pierde su mapa
Hoy he leído la prensa, me he tomado la cerveza de rigor en la terraza bajo un sol discreto y he seguido dándole vueltas a la visita de Donald Trump a China. Y, curiosamente, me vino a la cabeza un amigo.
Fue una de las primeras personas que me hizo reflexionar seriamente sobre lo que podría representar China en el orden mundial. Corría el año 1996. Él era Juan Clímaco, un hombre leído, viajado y con una cultura amplia a sus espaldas. Recuerdo perfectamente su despacho, o mejor dicho, «la pajarera», como la llamaban cariñosamente sus alumnos del colegio.
Aquel día me dio una lección de geopolítica sin mapas ni universidades. La frase original era bastante más bruta, pero venía a decir algo así:
«Cuando los chinos empiecen a consumir como Occidente, se acabarán los árboles.»
Detrás de aquella ironía había una idea muy simple: cuando una población tan inmensa empezara a consumir como las sociedades occidentales, el equilibrio del mundo cambiaría para siempre.
Treinta años después, cuesta sostener que estuviera equivocado.
En 1996, China era un gigante demográfico con una economía todavía en construcción: más de 1.200 millones de personas generando menos de un billón de dólares anuales. Hoy, esos mismos ciudadanos, ya estabilizados en número y envejecidos en promedio, sostienen una maquinaria económica que supera los 18 billones de dólares.
No es el mismo país. Ni el mismo mundo.
Y, sin embargo, persisten análisis que parecen redactados desde un espejo viejo, uno donde China continúa apareciendo como aquella fábrica lejana de productos baratos y no como una potencia que condiciona ya la economía, la tecnología y la arquitectura política global.
Cuando me enteré de la visita de Trump a Pekín, escribí una reflexión que titulé La diplomacia del espectáculo. La redacté pensando en aquellas horas de televisión, portadas y tertulias donde tantos analistas del ruido parecían empeñados en impregnarnos de miedo.
Porque eso fue lo que más me llamó la atención cuando el presidente Sánchez viajó a China: no el viaje en sí, sino el tono con el que se narró.
Parecía que España tuviera que pedir permiso para sentarse a hablar con medio mundo.
Como si nuestra talla política hubiera vuelto a encogerse hasta aquellos complejos de los años sesenta, cuando muchos españoles sentían que aquí nunca podíamos decidir demasiado por nosotros mismos.
Durante días se habló de represalias, de riesgos, de no molestar demasiado a Estados Unidos.
Y, sin embargo, ahora Trump aterriza en China acompañado de empresarios, tecnológicas y fondos de inversión… y el miedo desaparece.
De pronto ya no hay alarmas. Ya no hay traiciones. Ya no hay escándalo.
Solo negocios.
Y quizá ahí aparezca una contradicción incómoda para nosotros mismos.
Porque España, con todos sus errores, también ha construido mucho en estos cincuenta años: democracia, infraestructuras, empresas internacionales, universidades, sanidad pública, turismo, convivencia y una posición en el mundo mucho más sólida de la que a veces nosotros mismos reconocemos.
Pero hay momentos en que parece que seguimos mirándonos con complejo de país pequeño.
Como si todavía necesitáramos que alguien nos dijera hasta dónde podemos hablar, negociar o sentarnos en una mesa internacional.
Mientras tanto, en Pekín, la escena era otra.
De un lado, China como Estado, con su diplomacia, su estrategia y sus intereses delimitados.
Del otro, Trump rodeado de nombres propios del gran capital mundial.
No era ya una cumbre de gobiernos. Parecía una mesa donde se reparte el tablero del siglo XXI.
Y entonces uno se pregunta dónde quedamos los ciudadanos normales dentro de todo esto.
Porque quizás el problema nunca fue China.
Quizás el verdadero problema sea el miedo que algunos siguen necesitando fabricar para que otros no se atrevan ni siquiera a pensar por sí mismos.
Yo mido un metro setenta. Mis hijos rozan el metro noventa.
Hemos crecido, hemos avanzado y hemos aprendido a caminar sin tantas muletas ni tantos complejos.
Señores del miedo, por favor:
déjennos pensar.
José Moreno Robledillo - mayo 2026
