Cuando la solidaridad se pide, también se ofrece
O la memoria como brújula ética
Escribí hace unos días sobre esa pérdida de luz colectiva en De la luz a la sombra: Canarias, seis años después. Hoy quiero mirar la misma crisis desde otra memoria: la de La Palma, la de una tierra que pidió ayuda y la recibió porque nadie debería quedarse solo ante una catástrofe.
Hay momentos en los que una crisis no solo mide la eficacia de las administraciones. También mide la altura moral de un territorio.
Canarias lo sabe bien.
Lo supo La Palma cuando, el 19 de septiembre de 2021, la tierra se abrió y la lava comenzó a llevarse casas, fincas, caminos, recuerdos y proyectos de vida. Durante ochenta y cinco días, el volcán no fue solo una emergencia geológica. Fue una herida colectiva. Una isla entera mirando cómo desaparecía parte de su mundo bajo una colada imposible de detener.
Entonces Canarias pidió ayuda.
Y la pidió con razón.
Pidió recursos, solidaridad, comprensión, presencia del Estado, medidas extraordinarias. Nadie serio podía decir entonces: "ese problema es solo de La Palma". Porque La Palma era Canarias. Y Canarias era España.
El Gobierno de España cifró en más de 1.200 millones de euros su aportación a la recuperación de la isla. Ayudas para infraestructuras, empleo, empresas, medidas fiscales, reconstrucción. Seguramente no todo llegó como debía ni con la rapidez que merecían los afectados. Ese es otro debate, legítimo y necesario. Pero había una idea de fondo que nadie discutía: ante una crisis grave, ningún territorio puede quedarse solo.
Y ahí es donde lo que está ocurriendo ahora con el buque MV Hondius deja una imagen incómoda.
Porque esta vez no se trata de pedir solidaridad.
Se trata de ofrecerla.
La pregunta que incomoda
Antes de continuar, permítanme una reflexión que nace de la memoria, desde esa doble mirada que intento ejercer: la del joven que vivió la carencia y la del adulto que observa el presente.
¿Y si todos los que entonces prestaron apoyo a Canarias —instituciones, partidos, medios, ciudadanos— se lo hubieran pensado dos veces? ¿Y si, en el fondo, cada ayuda hubiera llevado dentro una calculadora invisible midiendo el rédito político del responsable de turno?
No lo pregunto con cinismo.
Lo pregunto con la humildad de quien ha visto cómo la solidaridad, a veces, se viste de urgencia cuando conviene y de cautela cuando incomoda.
La memoria de La Palma nos obliga a mirar esta pregunta de frente. Porque si la ayuda que recibimos entonces hubiera estado condicionada al cálculo electoral, ¿qué legitimidad nos quedaría ahora para exigir que otros actúen sin él?
Prudencia sí. Alarmismo no
En ese barco viajaban más de 140 personas de más de 20 nacionalidades. Había fallecidos. Había miedo. Y había, sobre todo, una obligación: actuar con cabeza, con ciencia y con responsabilidad.
El director de la OMS fue claro: "Esto no es otro COVID". El riesgo para la población general era bajo. Existía un protocolo aprobado. Había garantías. Había ciencia. El puerto de Granadilla, además, no es una plaza turística: es un recinto industrial, aislado, sin tránsito de personas, diseñado exactamente para operaciones de este tipo.
Pero las crisis no se gestionan solo con protocolos. También se gestionan con palabras. Y las palabras de quienes tienen responsabilidad pública pueden calmar o pueden inquietar. Pueden explicar o pueden insinuar.
Cuando el relato convierte una operación sanitaria controlada en una imagen de amenaza general, el mensaje que llega a la ciudadanía no es serenidad.
Es alarma.
Y en una crisis sanitaria, la alarma mal administrada también contagia.
¿Qué tipo de Canarias queremos ser?
Canarias no puede reclamar solidaridad cuando la necesita y mirar hacia otro lado cuando quienes necesitan ayuda son otros. Esa doble vara de medir nos empobrece como sociedad. Nos aleja de lo mejor que hemos sido en otros momentos difíciles.
Porque la pregunta de fondo no es si había que actuar con cautela.
Claro que había que hacerlo. La ciencia lo exige. La prudencia lo aconseja.
La pregunta es otra.
¿Una Canarias que exige apoyo cuando la lava sepulta una isla, pero mira hacia otro lado cuando un barco con personas afectadas necesita una respuesta humanitaria?
¿Una Canarias que se enorgullece de su papel atlántico, de su posición estratégica, de sus puertos y de su capacidad logística, pero se asusta cuando esa posición exige responsabilidad?
¿Una Canarias que confía en la ciencia cuando le conviene y la cuestiona cuando el miedo ofrece más rédito?
Lo que la memoria nos debe
Canarias sabe muy bien lo que significa necesitar ayuda. Lo sabe La Palma. Lo saben quienes perdieron su casa. Lo saben quienes vieron cómo, durante días, semanas y meses, el resto del país tenía que mirar hacia aquí.
Por eso mismo, Canarias no debería responder ahora con cerrazón, sino con dignidad.
La solidaridad no puede ser solo una palabra que usamos cuando nos beneficia. Tiene valor cuando nos incomoda. Cuando exige responsabilidad. Cuando nos obliga a mirar a otros no como amenaza, sino como seres humanos en una situación límite.
La lava nos recordó que nadie está a salvo del desastre.
El hantavirus nos recuerda que nadie debería quedarse solo ante el miedo.
Canarias pidió ayuda cuando la necesitó.
Ahora le tocaba demostrar que también sabe ofrecerla.
En Voz Baja
José Moreno Robledillo - mayo 2026
