Feijóo, Messi y el error de creer
El domingo había partido. Y había humo en el horizonte.
A veces las dos cosas llegan juntas y hay que saber cuál mirar primero.
El domingo vi el partido.
Argentina perdía. Y lo que me llamó la atención no fue el marcador, sino algo más difícil de medir: la actitud. La sensación de que la victoria era un hecho consumado antes de que el árbitro pitara. Como si el peso de la historia, los títulos, el nombre en la camiseta, fuera suficiente argumento.
Cuando perdieron, no lo aceptaron.
En la entrega del trofeo, los jugadores dieron la espalda. No al rival, sino al momento. Como si la derrota fuera una injusticia, no un resultado.
He visto eso antes. No en el fútbol.
Hay una trampa que no entiende de talento ni de trayectoria.
Se llama complacencia. Y actúa de una manera muy concreta: te convence de que basta con esperar. Que el tiempo trabaja para ti. Que el desgaste del otro terminará haciendo el trabajo que tú no haces.
Los partidos no se ganan así. Ni los de fútbol ni los otros.
En política española llevamos meses —quizá años— con esa dinámica. La convicción en ciertos sectores de que el poder llegará por inercia. Que el adversario se hundirá solo. Que solo hay que aguantar.
Puede que tengan razón. Puede que no.
Pero lo que sí he aprendido, con los años y con errores propios, es que instalarse en la certeza de que ya se ha ganado es uno de los errores más caros que puede cometer cualquiera. Porque baja la guardia. Porque cierra los oídos. Porque hace que la derrota llegue sin que uno esté preparado para recibirla.
Ese mismo domingo, mientras yo pensaba en todo esto, la Comunidad de Madrid ardía.
Miles de personas desalojadas. Centenares de profesionales en primera línea de fuego. El cielo de varios municipios teñido de naranja.
La portada de un periódico nacional eligió ese día para colocar en el centro una entrevista política tratada casi en clave presidencial.
No critico que se entreviste al líder de la oposición. Es noticia. Es su trabajo. Es el nuestro leerla.
Lo que me detuve a pensar es en la jerarquía. En lo que dice sobre la realidad la decisión de qué va primero y qué va después. Los medios no solo informan: construyen el orden de las cosas. Y ese orden también es un mensaje.
No escribo esto desde ninguna trinchera.
He vivido suficientes años en este país para saber que ningún partido tiene el monopolio de la razón ni de los errores. Que los ciclos se repiten.
Solo digo que hay una diferencia entre confiar en el propio proyecto y convencerse de que la victoria es inevitable.
La primera es fortaleza. La segunda, un riesgo.
El fútbol lo demostró el domingo.
En Voz Baja · José Moreno Robledillo — julio 2026
En Voz Baja · José Moreno Robledillo
Un espacio para detenerse
Escribo sobre memoria, raíces y los lugares que nos definen. Sin urgencia. Sin trincheras. Con el tiempo que merecen las cosas.
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