La distancia y los hechos

22.06.2026

Ayer volé sobre un mar de nubes al amanecer.

Por la tarde estaba atrapado en un andén, sin saber cuándo llegaría el siguiente tren.

Esto es lo que aprendí entre un sitio y otro.

Crónica de un viaje de Tenerife a Cataluña

Martes, 9 de junio.

Ayer salí de madrugada de Tenerife rumbo a Barcelona.

A las cinco de la mañana ya estaba casi en la ducha, si quería tomarme un café con calma antes de salir. El aeropuerto a esa hora tiene algo especial.
Pocas voces.
Maletas que ruedan despacio.
Gente que mira el móvil sin verlo, todavía medio dormida.

Iba camino de Cornellà del Terrí. Una de las ventanas de mi vida, de las que sigo visitando cuando puedo. Allí viví unos años, de joven. Allí dejé amigos que, con el tiempo, siguen siendo amigos.

Volver allí siempre tiene algo de doble mirada. Por un lado, el lugar que recuerdo, con sus calles y su gente tal como las dejé. Por otro, el lugar que es ahora, con sus cambios, sus caras nuevas, su forma distinta de vivir el día a día.

No es el mismo sitio.
Y sin embargo, en cuanto piso la calle, vuelve a serlo.

El vuelo salió puntual.

Sobrevolamos el Atlántico primero y luego ya la Península, con el sol asomando por el horizonte. Por la ventanilla se veía un mar de nubes iluminado de naranja, y el ala del avión cortándolo en dos, como una frontera entre dos mundos. Aterrizamos en El Prat quince minutos antes de la hora prevista.

De esos días en los que parece que todo va a funcionar.

Hasta que llegué a Rodalies.

Reconozco que desde Canarias muchas veces hemos escuchado las quejas de los catalanes sobre Cercanías, sobre Renfe, sobre el ministro de turno. Y hemos pensado que quizá exageraban. Que las cosas no podían ser tan graves.

Ayer entendí mejor su enfado.

No voy a aburrir a nadie con horarios, retrasos, cambios de vía o trenes que se cancelan sin más explicación que un cartel luminoso. Basta decir que aterricé a primera hora de la mañana y no llegué a Caldes de Malavella hasta las tres de la tarde.

Casi ocho horas para completar un trayecto que, sobre el papel, parecía sencillo.

Lo curioso es que nadie a mi alrededor parecía sorprendido.

La señora que esperaba a mi lado en el andén ni siquiera levantó la vista del periódico cuando anunciaron el segundo cambio de vía. Un chico joven, con los cascos puestos, se recolocó la mochila y siguió con su música, como quien ya conoce el percal. Solo yo, con mi maleta y mi cara de recién llegado, miraba el panel de horarios cada dos minutos, esperando que algo cambiara para bien.

Nada cambió.

Pero tampoco hubo malas caras, ni gritos, ni nadie pagándolo con el primero que pasaba. Solo paciencia. La paciencia de quien ya ha aprendido que protestar no acelera ningún tren.

Eso sí me gustó.

Desde la ventanilla, entre cambio y cambio de vía, vi pasar campos verdes, casas de piedra, pueblos pequeños con la iglesia en el centro. El paisaje no tenía ninguna prisa. Solo el panel de horarios la tenía, y mentía.

Y al final, el tren llegó.

Cuando por fin pisé el andén de Caldes de Malavella, con el cartel verde y el reloj de Adif marcando las tres, sentí algo parecido al alivio de quien llega a puerto después de una travesía más larga de lo previsto.

La experiencia me hizo pensar en algo que ocurre con frecuencia.

Juzgamos muchas situaciones desde lejos. Opinamos desde los titulares, desde las estadísticas, desde nuestras simpatías políticas. Pero la realidad suele ser bastante más tozuda que cualquier opinión.

Hay problemas que solo se entienden cuando te toca vivirlos.

Por la mañana volaba sobre las nubes, contemplando el amanecer.
Horas después esperaba en un andén, sin saber cuándo llegaría el siguiente tren.

La diferencia no estaba en el paisaje.

Estaba en la perspectiva.

Porque una cosa es observar la realidad desde arriba. Y otra muy distinta es quedarse atrapado dentro de ella, con la maleta a los pies y el reloj marcando las horas.

Claro que las cosas se ven distintas según donde uno esté. Eso lo sabemos todos.

Pero empiezo a pensar que la distancia, aunque cambie la mirada, no cambia los hechos.

Los hechos siguen ahí.
Esperando en el andén.
Aunque nosotros, mientras tanto, estemos volando.

José. Moreno Robledillo - Junio 2026

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