La sonrisa de la ilegalidad (II)
Una semana después de que la policía paralizara una obra sin licencia en nuestra comunidad, el Ayuntamiento de Granadilla de Abona debe decidir si mantiene el precinto o lo deja caer. Esta es la segunda entrega de una serie sobre cómo la ilegalidad urbanística se normaliza cuando nadie la frena a tiempo
Una semana después: el precinto y la pregunta pendiente
Ha pasado una semana desde que la policía hizo su trabajo y precintó el local. Y debo decirlo con claridad: lo hicieron bien. Frenaron a tiempo el camión que traía los paneles con los que un empresario pretendía levantar un techo sin licencia. Ordenaron retirarlos y dejaron constancia de la ilegalidad.
Hasta aquí, todo correcto. Pero la pregunta que me persigue es otra: ¿lo harán también los técnicos que ahora deben valorar esta obra? Porque el objetivo del empresario era evidente: aplicar la política de los hechos consumados. Colocar primero, justificar después.
Esta mañana, mientras paseaba por la playa, un vecino me detuvo: "De este no te fíes, tiene muchos amigos arriba." Y sí, es cierto que tiene contactos. Pero ahí quiero ser justo: la mayoría de profesionales que conozco son honorables. No se venden por amistad ni por interés. La duda es otra: ¿seguirán protegiéndolo quienes lo ampararon durante años?
La red que erosiona lo común
Lo que me preocupa es el trasfondo. Esa normalización de la trampa que se ha colado en el paisaje. Un café, un vermut, un silencio calculado. Esa red de favores que, poco a poco, acaba erosionando la confianza en lo común.
Recuerdo las caras de aquella mañana: trabajadores sin casco ni protección, celebrando con sonrisas haber burlado al ayuntamiento y a los vecinos. Y me sigo preguntando: ¿en qué momento confundimos la picardía con dignidad? ¿Cómo puede alguien sentirse orgulloso de sostener con sus manos la trampa de otro?
Hoy, 29 de septiembre, termina el plazo para que el Ayuntamiento decida si mantiene el precinto o lo deja caer. Por lo que se oye, parece que se inclinarán por lo segundo. Si es así, la sonrisa de la ilegalidad no solo sigue viva: sonríe con más fuerza.
«El verdadero problema no es solo que haya tramposos. El verdadero problema es cuando la trampa se convierte en costumbre… y hasta en motivo de orgullo.»
Lo que nos queda a los vecinos de buena fe
¿Qué nos queda a quienes intentamos vivir con buena fe? ¿Cuándo vamos a entender que la trampa del poderoso siempre acaba cayendo sobre los hombros del débil?
Porque al final, más allá del empresario o del político de turno, lo que está en juego es nuestra convivencia. Y ahí no podemos resignarnos. Los vecinos de buena fe todavía tenemos herramientas: denunciar, exigir transparencia, reclamar por escrito, no callar en las reuniones y, sobre todo, no normalizar lo que sabemos que está mal.
Puede que no ganemos siempre, pero al menos no seremos cómplices de esa sonrisa torcida que nos degrada a todos.
José Moreno Robledillo · Septiembre 2025
Este artículo es el segundo de una serie de tres. Lee también el primero: "La sonrisa de la ilegalidad (I)". Los hechos narrados son reales y están documentados.
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