La sonrisa de la ilegalidad (IV)

06.05.2026

He escrito antes sobre la sonrisa de la ilegalidad en casos cercanos: una comunidad de vecinos, un ayuntamiento. Casos pequeños en apariencia. Grandes en lo que revelan.
Esta vez la sonrisa es más grande. Y la sala, el Tribunal Supremo.

El caso mascarillas: una mirada desde fuera

Por José Moreno Robledillo

No soy juez. No tengo expedientes, ni pruebas, ni sentencias. Solo tengo ojos. Y lo que veo, desde fuera, son caras.

La de un ministro que declara con la gravedad del que sabe que cada palabra pesa. La de un hombre que entra en el tribunal con una bolsa de cruasanes y una sonrisa que no necesita explicación. La de otro que defiende su inocencia con la fatiga del que ya ha perdido mucho antes de que nadie diga nada.

No sé quién tiene razón. Pero veo gestos. Y los gestos, a veces, dicen más que las resoluciones.

Escribo esto desde mi ventana. La misma desde la que, hace cincuenta años, veía pasar la vida con la ingenuidad del que cree que el mundo se ordena con reglas claras. Hoy miro esas mismas calles y veo que las reglas, a veces, se escriben mientras se juegan. Y que quien sonríe, no siempre lo hace por alegría.

Los rostros que observo

Aldama: la sonrisa que navega

Víctor de Aldama llega al Tribunal Supremo con una bolsa de cruasanes. Sonríe. Saluda. Habla ante las cámaras con la tranquilidad de quien sabe que, pase lo que pase, ya ha ganado algo: atención, plataforma, relato.

No juzgo si es culpable o inocente. Eso le corresponde al tribunal. Solo veo que su sonrisa no tiembla. Que camina entre los micrófonos como quien navega entre olas: sabe dónde pisar, cuándo callar, cuándo hablar. Y que, mientras otros esperan sentencia entre la incertidumbre, él ya tiene audiencia.

Me pregunto, sin pretender responder: ¿es posible que, en este juego, admitir haya sido la forma más inteligente de ganar? No lo sé. Solo veo la sonrisa. Y me basta para preguntar.

Ábalos: la gravedad del que pierde

José Luis Ábalos declara durante horas. Niega. Explica. Justifica. Su voz es pausada, pero sus ojos delatan cansancio. No veo triunfo en su rostro. Veo a alguien que ya ha perdido amigos, reputación, tranquilidad. Y quizá, también, la certeza de que la verdad basta.

Él dice: "Si tuviera dinero, habría aflorado". Frase potente. Frase que invita a pensar. Pero yo, desde fuera, me pregunto: ¿y si el dinero no es lo único que puede no aflorar? ¿Y si hay cosas que se hunden en el silencio no por inocencia, sino por protección, por vergüenza, por miedo?

No lo sé. Solo veo a un hombre que defiende su nombre mientras el mundo lo juzga en titulares. Y me pregunto: ¿cuánto pesa una mirada cuando millones te observan?

Koldo: el "chico para todo"

Koldo García repite, una y otra vez: "Me gusta ayudar". Lealtad como bandera. Voluntariedad como escudo.

¿Es la lealtad una virtud cuando sirve a lo oscuro? No tengo respuesta. Solo veo a alguien que, probablemente, seguirá buscándose la vida, como siempre. Que quizá pierda libertad, pero ganará memorias, entrevistas, atención. Que, al final, sabrá navegar entre las ruinas.

Me recuerda a tantos que conocí en mi juventud: personas capaces de todo por quien consideran su amigo. A veces, eso se llama nobleza. Otras, ceguera. La línea es fina. Y yo, desde fuera, solo veo gestos.

El ministro: la sonrisa institucional

Félix Bolaños sonríe al declarar. No es la sonrisa de quien celebra, sino la de quien cree tener la razón del Estado. Acusa al PP de pactar con Aldama. Denuncia estrategias. Defiende instituciones.

Pero también sonríe. Y en un juicio por corrupción, toda sonrisa merece ser mirada.

Me pregunto: ¿es posible defender la justicia con gestos que, a otros, les parecen triunfo? No lo sé. Solo veo que, cuando el poder habla, hasta el silencio tiene eco.

Lo que me pregunto — sin responder

Sobre la justicia ciega

Me han enseñado que la justicia es ciega. Que no mira caras, ni banderas, ni sonrisas. Que pesa hechos, no gestos.

Pero yo, desde fuera, veo que mira. Veo que elige. Veo que, a veces, aprieta más a unos que a otros. No digo que sea injusta. Digo que es humana. Y lo humano, ya lo sabemos, tiene grietas.

La justicia, como nosotros, tiene memoria. Tiene contexto. Tiene, quizá, fatiga. Y cuando el ruido mediático es ensordecedor, hasta el oído más entrenado puede confundir el eco con la voz.

Sobre el precio que se paga

Ábalos pierde: familia, amigos, ingresos, reputación, tranquilidad. Koldo pierde libertad, quizá, pero ganará relato. Aldama, de momento, gana plataforma, atención, libertad para hablar.

¿Es esto justicia? ¿O es solo el precio que cada uno paga por haber estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado, con las decisiones equivocadas?

No tengo respuesta. Solo veo que, en este juego, no todos pierden lo mismo. Y que, a veces, quien más habla es quien menos arriesga.

Sobre lo que no se ve

No veo a quien pagó las mascarillas con sus impuestos. No veo al sanitario que esperó material que quizá no llegó. No veo al ciudadano que, al final, es quien sostiene el sistema que hoy se juzga.

A veces, lo más importante no sale en las fotos. Y eso también es parte de la historia.

Me pregunto: ¿qué hacemos cuando convertimos el escándalo en espectáculo? ¿Buscamos verdad o confirmamos lo que ya creemos? No lo sé. Solo sé que, cuando el ruido tapa el silencio, es fácil olvidar a quien no tiene micrófono.

Mi forma de ver lo humano

Yo solo puedo contar lo que veo. No tengo pruebas, ni acceso a los despachos, ni claves para descifrar los silencios. Solo tengo esta mirada: la de quien nació en 1956, la de quien vivió una posguerra dura, la de quien aprendió que la dignidad no siempre gana, pero que merece ser contada.

Veo caras. Veo sonrisas. Veo cansancio. Veo estrategia. Y me pregunto: ¿qué vemos cuando miramos? ¿Buscamos verdad o confirmamos lo que ya creemos?

Escribo desde la intención de exponer, no de imponer. De compartir, no de sentenciar. De abrir ventanas, no de cerrar puertas.

Por eso, no le diré qué pensar. Solo le ofrezco esta ventana. Para que usted, lector, mire también.

Sin sentencias, con preguntas

La justicia dirá su palabra. Ojalá sea sabia, ojalá sea justa, ojalá sea clara.

Pero mientras tanto, nosotros seguimos mirando. Y en esas miradas, en esos gestos, en esas sonrisas que no se explican, quizá haya también una verdad: la de que somos humanos. Frágiles. Capaces de lo mejor y de lo peor.

La sonrisa de Aldama no es solo suya. Es también nuestro espejo. ¿Sonreímos nosotros cuando la ilegalidad nos entretiene? ¿Celebramos cuando el escándalo nos confirma lo que ya creíamos? ¿Silenciamos lo que nos incomoda?

No tengo respuesta. Solo tengo esta ventana. Y se la ofrezco, sin lecciones, para que usted decida.
Yo solo expongo. Usted decide.


Nota del autor: Este texto se escribe mientras el juicio oral por el denominado "caso mascarillas" está en curso en el Tribunal Supremo. Ninguna de las personas mencionadas ha sido condenada en firme. Las observaciones contenidas en este artículo son fruto de la mirada personal del autor y no pretenden sustituir el veredicto de la justicia.


Esta es la cuarta entrega de la serie "La sonrisa de la ilegalidad".

Puedes leer los episodios anteriores aquí: 

La sonrisa de la ilegalidad (I)

→ La sonrisa de la ilegalidad (II)

La sonrisa de la ilegalidad (III)

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