No nos mires, únete
Crónica de una tarde en la manifestación de El Médano
Esta tarde he escuchado silbatos bajo mi casa.
He bajado.
No necesitaba una pancarta. Necesitaba sentir algo.
Esta tarde he escuchado silbatos bajo mi casa.
Voces.
Trompetas.
Gente concentrada en la plaza roja, era la cabecera de la manifestación.
He bajado.
No porque tuviera una pancarta preparada ni tener muy clara la convocatoria. He bajado porque necesitaba sentir algo que últimamente echo de menos: la vibración de la gente cuando decide salir de casa y participar.
Me integré buscando caras conocidas, cercanas, para compartir y preguntar más o menos el proceso, caras conocidas de hace años pero nadie con quien conversar en la marcha. Tal vez por eso ejercí la observación y la escucha. Mientras escuchaba los comentarios de siempre.
«Nos quejamos en los bares.»
«Nos quejamos con los amigos.»
«Nos quejamos en familia.»
Pero cuando llega el momento de salir a la calle, casi siempre somos los mismos.
Y la pregunta aparecía una y otra vez:
¿Dónde están los jóvenes?
Precisamente ellos, que son quienes más dificultades tienen hoy para quedarse a vivir aquí, acceder a una vivienda o construir un proyecto de vida en el pueblo, además de para encontrar aparcamiento cuando vuelven a ver a sus padres.
A las 18:00 salía la cabecera. Se notaban los nervios entre quienes organizaban la pancarta, mirando a un lado y a otro, esperando que llegara la gente. El miedo al fracaso debía ser mayúsculo.
Cuando empezó a moverse, la mayoría de los que caminábamos éramos mayores: mucha mujer, familias y gente que simplemente siente que debe estar presente cuando algo afecta a su entorno.
No había partidos ni consignas partidistas. Por eso me integré. Observo este asunto desde fuera de los bloques políticos.
Hay cosas que me parecen acertadas.
La actuación en la zona de La Pelada ha solucionado varios problemas a la vez. Ha ordenado el espacio ocupado por las autocaravanas, ha mejorado visualmente el paseo y, además, ha mantenido el número de plazas de aparcamiento.
Incluso el famoso paso de peatones que tantos memes ha generado me parece razonable.
Donde veo el problema es en aquellas zonas donde se han eliminado plazas sin una planificación clara de las alternativas y sin haber contado con la necesidad real del pueblo.
Porque sí, estoy de acuerdo con tener un aparcamiento digno.
Mis hijos, cuando vienen a visitarnos, muchas veces viven una auténtica odisea para encontrar dónde dejar el coche.
También estoy de acuerdo con los carriles bici.
¿Quién podría estar en contra de que las bicicletas circulen con seguridad?
Pero quizá la pregunta no es si queremos carriles bici, sino dónde tienen más sentido.
Un carril que conecte El Médano con Los Abrigos, La Tejita, La Pelada o San Isidro puede ser una magnífica inversión. Todos hemos visto el peligro que supone encontrarse ciclistas y coches compartiendo carreteras estrechas.
Dentro de El Médano, sin embargo, tengo dudas.
No porque esté en contra de la bicicleta, sino porque vivimos en un pueblo donde el viento forma parte de nuestra identidad y donde gran parte de la vida gira alrededor del mar.
Quizá existan prioridades más urgentes.
Mientras caminaba, las consignas seguían sonando.
«¡Carril bici sí, pero no así!»
Y sobre todo una:
«¡No nos mires, únete!»
Era la más repetida.
La más alegre.
La que despertaba más sonrisas.
Y entendí por qué.
Porque cuando uno está dentro de una manifestación no busca únicamente tener razón.
Busca compañía.
Busca saber que no está solo.
Busca sentir que otros comparten las mismas preocupaciones.
A nuestro paso, por la playa chica, algunas personas observaban desde las terrazas.
Sonreían.
Comentaban.
Incluso se reían.
Y pensé que eso también forma parte de la democracia.
Pero conviene recordar algo.
Antes de que nosotros estuviéramos sentados tranquilamente en una terraza disfrutando de una cerveza, hubo otras personas que salieron a la calle para reclamar mejoras, derechos y cambios.
Nada de lo que hoy damos por normal apareció por generación espontánea.
Alguien lo pidió antes.
Alguien lo defendió antes.
Alguien salió de casa antes.
Por eso esta tarde no he participado solo por los aparcamientos.
He participado porque quería sentirme vivo.
Porque después de tanta apatía, tanto ruido y tanta bronca nacional, necesitaba escuchar voces que pedían cambios concretos para su pueblo.
Sin odio.
Sin insultos.
Sin enemigos.
Solo vecinos diciendo que creen que algunas cosas pueden hacerse mejor.
Y mientras escribo estas líneas, vuelven a sonar los silbatos.
Pitos.
Trompetas.
Voces.
Y vuelvo a escuchar la consigna que más se repite:
«¡No nos mires, únete!»
Y quizá esa sea también una invitación para quienes no estaban allí. No necesariamente a compartir todas las reivindicaciones, sino a implicarse. A interesarse por lo que ocurre a su alrededor. A dejar de pensar que otros resolverán siempre los problemas que nos afectan a todos.
Quizá no habla solo de aparcamientos.
Quizá habla de algo mucho más importante: de la necesidad de no convertirnos en simples espectadores de nuestra propia vida.
José Moreno Robledillo - mayo 2026
