Antes temíamos el invierno

27.05.2026

Nací en 1956.

A veces pienso que quienes nacimos en aquella España y vivimos hoy en esta otra hemos atravesado dos países distintos sin movernos del mismo mapa.

Mis primeros recuerdos no tienen nada que ver con la idea de abundancia que hoy damos por hecha. Recuerdo el carbón húmedo, los silencios largos, la ropa heredada, los zapatos remendados y las conversaciones en voz baja cuando los mayores creían que los niños no escuchábamos.

El miedo entonces tenía formas concretas.

Miedo a no llegar a final de mes.
Miedo a una enfermedad.
Miedo a quedarse sin trabajo.
Miedo al invierno.

Porque el invierno no era una metáfora. Era una preocupación real que se medía en sacos de carbón, en mantas, en aceite, en pan y en si la familia lograría atravesar los meses fríos sin sobresaltos.

La supervivencia ocupaba tanto espacio que apenas dejaba sitio para otras preguntas.

Con los años, España cambió de una manera que a veces olvidamos demasiado rápido.

Hoy vivimos más años que nunca.
La mortalidad infantil está en mínimos históricos.
La sanidad pública atiende situaciones que en mi infancia simplemente acababan en tragedia silenciosa.
Más de la mitad de nuestros jóvenes acceden a estudios superiores.
Y millones de personas viven con derechos sociales que hace apenas unas décadas parecían imposibles.

Nada de eso cayó del cielo.

Fue el resultado de generaciones enteras trabajando, emigrando, levantando negocios, pagando impuestos, soportando crisis y construyendo lentamente una sociedad más protegida y más abierta.

Por eso me cuesta reconocer algunos discursos actuales que describen España poco menos que como un país destruido, sin futuro y moralmente arrasado.

No porque no existan problemas. Claro que existen.

La vivienda angustia a muchos jóvenes.
La precariedad sigue ahí.
La política se ha convertido demasiadas veces en un espectáculo agotador.
Las redes sociales amplifican el miedo y la indignación hasta volverlos casi permanentes.

Pero aun así, creo que a veces confundimos incertidumbre con colapso.

Y no son lo mismo.

La diferencia quizá está en que antes el sufrimiento era visible y compartido, mientras que ahora muchas veces es invisible y silencioso.

Antes faltaba pan.
Hoy faltan certezas.

Antes el miedo entraba por la puerta de casa con el frío.
Ahora entra por la pantalla a cualquier hora del día.

Vivimos hiperconectados, informados hasta el agotamiento y emocionalmente expuestos a una sensación continua de amenaza.

Todo parece urgente.
Todo parece insoportable.
Todo parece definitivo.

Y cuando una sociedad vive demasiado tiempo instalada en ese estado emocional, termina perdiendo algo importante:
la capacidad de medir con serenidad.

La nostalgia tampoco ayuda demasiado.

Porque la memoria selecciona.

Recuerda la tranquilidad, pero olvida el miedo.
Recuerda la estabilidad, pero olvida la pobreza.
Recuerda el silencio y a veces termina confundiéndolo con convivencia.

Yo no cambiaría la España de hoy por aquella España de mi infancia.

No porque esta sea perfecta.
No lo es.

Sino porque sé lo que costó llegar hasta aquí.

Sé lo que significaba emigrar para buscar trabajo.
Sé lo que era vivir con miedo a hablar demasiado.
Sé lo que suponía que una enfermedad grave pudiera arrastrar a toda una familia.

Y quizá por eso miro el presente con una mezcla extraña de preocupación y gratitud.

Preocupación por el deterioro del ánimo colectivo.
Por la facilidad con la que nos odiamos.
Por la velocidad con la que convertimos cualquier diferencia en una trinchera emocional.

Pero también gratitud.

Porque, pese a todos nuestros errores, nunca habíamos tenido tantas herramientas para vivir con dignidad.

Con los años también he aprendido algo importante:
nadie tiene la culpa de todo.
Y nadie tiene la solución para todo.

La vida nunca ha sido tan simple.

Nunca todos hemos estado bien.
Nunca todos hemos estado mal.
Siempre hubo quien quedó atrás, incluso en los mejores tiempos.
Y siempre hubo quien logró encontrar un pequeño espacio de esperanza incluso en los peores.

Por eso desconfío tanto de quienes prometen arreglarlo todo de golpe.
La historia nunca funcionó así.

La democracia tampoco es perfecta.
Pero probablemente sea el menos malo de los sistemas que hemos conocido.
Porque permite corregir errores sin destruirlo todo cada vez.
Permite convivir incluso pensando distinto.
Y permite algo muy importante:
seguir teniendo la posibilidad de rectificar.

El problema quizá es que el progreso no elimina el miedo.
Solo lo transforma.

Antes temíamos no llegar al invierno.

Hoy tememos no saber qué hacer con la primavera.

En Voz Baja

José Moreno Robledillo -  mayo 2026


Con "Antes temíamos el invierno" cierro una trilogía : sin odio, sin siglas y con perspectiva. si quieres seguir leyendo: 

"El exterminio moral" → josemorenorobledillo.es/l/el-exterminio-moral/

"La prueba del espejo" → josemorenorobledillo.es/l/la-prueba-del-espejo/

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