Cuando el barco zarpó

11.05.2026

I. La imagen del domingo

El domingo 10 de mayo, a las 06:30, el MV Hondius fondeó frente a Granadilla.

No atracó.

No tocó tierra.

Se quedó a cierta distancia, mientras pequeñas lanchas iban acercando a los pasajeros de cinco en cinco, casi en silencio, como si toda la operación entendiera que había momentos en los que el ruido sobraba.

No hubo imágenes de caos.

No hubo dramatismo.

Hubo coordinación.

Y, sobre todo, hubo una sensación extraña: la de estar asistiendo a algo delicado, donde cualquier palabra fuera de lugar podía alterar mucho más que los propios hechos.

II. La cuerda floja

Con los años he aprendido algo que no siempre entendía de joven: decir lo que uno piensa inmediatamente no siempre es valentía. A veces puede ser irresponsabilidad.

Imagino muchas veces a un funámbulo caminando sobre una cuerda a gran altura. Cada paso exige calma. Concentración. Equilibrio. Y pienso que, en ese instante, incluso una verdad dicha a destiempo puede convertirse en peligro.

Así sentí estos días.

No por el virus en sí. Los datos hablaban de un riesgo bajo y las autoridades sanitarias internacionales transmitían tranquilidad. Lo delicado era otra cosa: la confianza.

Porque había 147 personas esperando volver a casa. Había coordinación entre países. Había protocolos. Había profesionales trabajando con discreción. Y en medio de todo eso aparecieron declaraciones públicas que, en lugar de aportar serenidad, sembraron dudas.

Las palabras no siempre hacen lo que pretenden.

Y cuando una situación ya es frágil, las palabras importan mucho más de lo que creemos.

III. La noche en vela

La noche del sábado al domingo dormí mal.

No por miedo al hantavirus.

Sino por algo más difícil de explicar.

Por la sensación de no saber exactamente a quién creer.

Cuando escuché ciertas declaraciones políticas diciendo "no lo permito", algo se movió dentro de mí. No porque pensara que nos ocultaban una catástrofe, sino porque la duda empezó a abrirse paso.

Y la duda, cuando entra, pesa.

Uno empieza a preguntarse: ¿sabrá alguien algo que los demás no sabemos? ¿Hay motivos reales para preocuparse? ¿Estamos ante otro error de comunicación como los que ya hemos vivido otras veces?

Quizá lo más duro de una crisis no sea el riesgo real. A veces es la incertidumbre que dejan las palabras.

Por eso esta mañana, viendo que la operación había salido bien y que los pasajeros seguían su camino de regreso, sentí más alivio por los hechos que por los discursos.

Porque al final, la calma no la trajeron las declaraciones. La trajeron las cosas funcionando.

IV. La sonrisa

Hubo un momento pequeño que probablemente pasará desapercibido para casi todo el mundo.

Una sonrisa.

La sonrisa de Pedro Suárez, presidente de la Autoridad Portuaria, mientras hablaba ante las cámaras. No parecía una sonrisa política. Parecía otra cosa. La sonrisa de quien sabe que, detrás del ruido, hay personas trabajando para que las cosas salgan bien. Sin dramatismos. Sin grandes frases. Solo oficio.

Y pensé que quizá ahí estaba resumido todo lo ocurrido estos días. Mientras unos discutían el relato, otros simplemente hacían su trabajo.

V. Cuando el barco zarpó

El Hondius se marchó.

Los pasajeros siguieron su camino.

La isla continuó respirando.

Y yo me quedé pensando en algo mucho más pequeño que un barco: la fragilidad de la confianza.

Porque hay crisis que no se recuerdan por el peligro real que tuvieron, sino por la forma en que nos hablaron de ellas.

Y quizá esa sea la lección más incómoda de todas:
el miedo no siempre entra por los hechos.
A veces entra por las palabras.

En Voz Baja

José Moreno Robledillo   · Mayo 2026


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