El país emocional y el país real
Llevo semanas escuchando que España es poco menos que un país destruido.
Una mafia.
Un narcoestado.
Una dictadura encubierta.
Un lugar sin futuro.
Y, sin embargo, luego uno se detiene a mirar algunos datos objetivos y aparece una realidad bastante más compleja.
España supera los veintidós millones de afiliados a la Seguridad Social.
Tiene una de las esperanzas de vida más altas del mundo.
La mortalidad infantil está en mínimos históricos.
La sanidad pública, con todos sus problemas, sigue ofreciendo resultados que muchos países ricos envidian.
Más de la mitad de nuestros jóvenes tienen estudios superiores.
Y casi cien millones de turistas visitan cada año este país que algunos describen poco menos que como un territorio en ruinas.
Entonces uno se pregunta:
¿Cómo puede convivir este país real con el país emocional que parece describirse cada día en redes sociales, tertulias y discursos políticos?
Y creo que ahí aparece una de las claves de nuestro tiempo.
Vivimos atrapados entre dos Españas:
la que existe,
y la que se consume emocionalmente.
Porque el ruido necesita un país permanentemente al borde del abismo.
Necesita ciudadanos enfadados.
Necesita indignación constante.
Necesita miedo.
Y cuanto peor parece todo, más fácil resulta movilizar emocionalmente a la gente.
No escribo esto para negar los problemas.
Claro que hay corrupción.
Claro que hay desigualdad.
Claro que existe precariedad.
Claro que hay decisiones políticas mediocres, tensión institucional y demasiadas veces un clima público agotador.
Pero empiezo a pensar que el mayor peligro no es solo lo que ocurre.
El mayor peligro quizá sea terminar creyendo que vivimos en un país sin nada rescatable.
Porque entonces dejamos también de defender lo que sí funciona.
La sanidad pública.
Las pensiones.
La convivencia cotidiana.
La educación.
Los derechos sociales construidos durante décadas.
Y cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer sus propios logros, empieza lentamente a deteriorar también su ánimo colectivo.
Por eso me cuesta tanto aceptar los discursos absolutos.
Los que convierten a unos en salvadores y a otros en monstruos.
Los que prometen arreglarlo todo destruyéndolo todo.
Los que necesitan enemigos permanentes para seguir funcionando.
La democracia no es perfecta.
Nunca lo ha sido.
Pero probablemente siga siendo el menos malo de los sistemas que hemos conocido.
Porque permite corregir.
Discutir.
Cambiar.
Equivocarse.
Y volver a empezar sin necesidad de destruir el país entero cada vez.
No escribo esto para defender a ningún partido.
Lo escribo porque empiezo a sentir que estamos dejando que el odio nos robe incluso la capacidad de reconocer la realidad completa.
Y una democracia que solo sabe mirarse desde el desprecio acaba enfermando de sí misma.
Si te ha resonado este artículo, quizá quieras leer también:
→ La prueba del espejo · josemorenorobledillo.es/l/la-prueba-del-espejo/
→ El exterminio moral · josemorenorobledillo.es/l/el-exterminio-moral/
→ Antes temíamos el invierno · josemorenorobledillo.es/l/antes-temiamos-el-invierno/
